Los ladridos de su perro sato sonaban como relámpagos secos cerca de su tumba, su famélico cuerpo semejaba a la antigua locomotora de la Central Aguirre; esquelética y envejecida debajo de sus ruedas de óxido olvidado. Del viejo cementerio del Campito, salía un olor a caña añejada y sobre la lápida del terrateniente, había una anotación sin nombre ni color.
Cuando abrió el ataúd estalló la barriga putrefacta del capataz y una nube de profecías se deshizo en su cuerpo, dejando un intenso olor que distorsionó el rostro de sus peones.
–Que innecesarios somos– dijo la Bobona, sin abandonar la tarea de exhumar el cadáver.
Su muerte empezó a acercarse al mismo ritmo que su trapiche envejecía y era remplazado por la maquinaria moderna de los franceses que huyeron de Haití y las innovaciones de la tecnología americana, que años después marcharían para siempre…
Resultaba difícil, casi imposible, creer que los augurios de estos restos se basaban sólo en una llamarada de caña de azúcar.
— ¿Por qué no sembró otras ilusiones? —susurró Pello Judío, quien exhumaba los restos del cadáver, que luego colocaba en una caja negra para trasladarlos a su nueva morada.
—- Lo veo fatigao; tratando de lanzar machetazos al aire como si quisiera matar al invasor, tal como lo describieron sus sueños años atrás,– dijo la Bobona, cubriéndose la nariz.
—- Helo aquí tendío, olvidó todos los caminos que lo conducían a una revuelta con sus competidores y coronao en su espejismo quedó dormío pa siempre. Tejió sus días con la noche al zis zas de su machete veraz para sustentar a su familia. Nunca pensó que un día vendrían dos de los cuatro jinetes del apocalipsis a tragarse la quinta que hubo heredao de sus padres. Era igual a los otros, a quienes había devorao la chispa del cañaveral, por no haber invertío su tiempo en otros productos. Su sato siempre fue fiel,
decora su victoria con su hocico gimiente, guardando su nueva tumba y donde descansa cautivo; “el mayordomo de Aguirre.”—recitó Pello luego de apagar su cigarro.—
© Edwin Ferrer 3/28/2009
Gracias gloria por tu excelente comentario.Has ido mas lejos de lo que yo pensaba al mencionar el alcohol que sale del cadaver y la cosecha que acabo con su vida.A pesar de todo su perro siempre le fue fiel,sin embargo los peones lo criticaban.El mismo que les dio de comer.Gracias.
Edwin, este relato acusador de la injusticia padecida, del refugio en el alcohol, de la nada que somos, creyéndonos todo, esta escena de la exhumación que nos devuelve de lo fatuo para aguijonearnos el seso, me parece una excelente narración, por lo irónico, por lo punzante, lo acusador.
Buena faena has hecho con el teclado!!!!!!!!!! Me queda el consuelo de un perro frente a la tumba, algunos no tienen, tú ya sabes, ni un perro que les ladre…
De sur a sur un abrazo.
Gloria