En medio de la predicación, la hermana Celeste se puso de pie y el ministro pidió a los feligreses comunión.
-El Señor tiene algo que comunicarnos -susurró en el micrófono.
-¡Alabado!
-¡Aleluya!
-¡Amén! -exclamó la Iglesia.
A pesar de las filípicas miradas del pastor, los menos reverentes, siguieron a la hermana que caminó, como poseída, hasta donde se encontraba el hermano Ezequiel, junto a los jerarcas del ministerio.
-Jehová tiene una gran bendición para usted, que habrá de desbordar sus arcas.
El hombre abrió los ojos y levantó la cabeza. Su rostro irradiaba gozo y satisfacción.
-¿Qué debo yo hacer? -preguntó solícito.
La mujer le susurró algo al oído.
-Dios, en voz de su profeta Celeste, habló y la Iglesia fue testigo… -dijo el ministro, en los momentos en que la mujer regresaba a su asiento.
Al cabo de ocho meses el hermano Ezequiel dejó de asistir al Templo, más no así cesaron el pastor y su cuñada en su misión enriquecedora.
© Josué Santiago de la Cruz

