Fue un capataz de Aguirre quien en un día aciago bajo una temperatura de ochenta grados les dijo a sus peones:
—Hace calor; al menos donde todo el mundo está de acuerdo, verán que el dulce entendimiento de la caña los hará reflexionar.
—El diablo pica esa caña, que la pique el que la sembró. —dijo Juan Valente amolando su machete.
Era época de zafra y era necesario madrugar. Los sueños se derretían en sus espaldas convirtiéndose en el majestuoso Lago Majero empantanado sobre sus lomos.
— ¡El aguador! ¿Dónde está el aguador?—gritó Juana casi desmayada.
Después de un par de meses comiendo funche con bacalao y guanimes, se acercó el tiempo muerto. La deshidratación era seña de la mísera paga después del infierno que acartonó sus rostros.
— ¡El aguador! ¿Dónde está el aguador?
Vertiendo la última gota de riego, el Majero se estibó en el rostro de Juana, dejando el último suspiro de la zafra, secándose para siempre.
© Edwin Ferrer23/12/9009

