Fue un capataz de Aguirre quien en un día aciago bajo una temperatura de ochenta grados les dijo a sus peones:
—Hace calor; al menos donde todo el mundo está de acuerdo, verán que el dulce entendimiento de la caña los hará reflexionar.
—El diablo pica esa caña, que la pique el que la sembró. —dijo Juan Valente amolando su machete.
Era época de zafra y era necesario madrugar. Los sueños se derretían en sus espaldas convirtiéndose en el majestuoso Lago Majero empantanado sobre sus lomos.
— ¡El aguador! ¿Dónde está el aguador?—gritó Juana casi desmayada.
Después de un par de meses comiendo funche con bacalao y guanimes, se acercó el tiempo muerto. La deshidratación era seña de la mísera paga después del infierno que acartonó sus rostros.
— ¡El aguador! ¿Dónde está el aguador?
Vertiendo la última gota de riego, el Majero se estibó en el rostro de Juana, dejando el último suspiro de la zafra, secándose para siempre.
© Edwin Ferrer23/12/9009
Te felicito, yo también Edwin!!!! Las imágenes duelen com alfileres en el cerebro. ¿Por qué el hombre esclaviza a su prójimo? Es una fuerza demoníaca que lo impulsa y muchas veces vemos sin ver o consentimos sin poder chistar. La función del aguador , la del que llevaba vida a los que la perdían en los gotones de sudor es digna de alabanza. La has plasmado aquí mágicamente y lo bueno del relato es que uno tiende a sentir que cuando se queja no tiene de qué porque gracias a las gotas de sudor de mis padres, en otro rubro, yo pude ganarme la vida más holgadamente.
Gracias compañero.
Abrazo navideño.
Gloria
El aguador es un microrrelato de corte costumbrista con un acentuado sabor a cosa verdadera o al menos posible. Transmite muy bien la dinámica que fue, porque en Puerto Rico ya la industria azucarera es cosa del pasado, la vida del obrero de la caña. Yo la vi y la viví en los ojos siempre cansados de mio padre, en tu tez curtida y sus hombros derrumbados.
“La caña es pa brutos”, lo recuerdo sentenciar.
Casi siempre los aguadores eran mujeres. Mi tía Cruz fue aguadora y junto al trago de agua vendía clansetinamente la caneca de pitorro.
Tienes, Edwin, algunas imágenes bien logradas y como es un cuento simbólicos, unas licencias poéticas interesantísimas que serían buen tema para una tertulia literaria.
Dos visdiones contrarias de la caña: la del capataz, montado en su bestia, y la del obrero, con la bestia a cuestas.
Te felicito.