Oyó las detonaciones e imaginó que eran los últimos resuellos del 4 de julio que no se quería ir. El tic-tac del reloj y el escándalo en la calle no lo dejaban concentrar. ¡Cómo detestaba la vida en la ciudad! Su prisa y su mundanidad, sus olores y los rostros que multiplican la ansiedad de la incertidumbre.
Ahora la sirena de un coche patrulla, seguido de un bullicio y otra vez los petardos. ¿No se cansará el vulgo de tanta rutina? ¿De tanto repetir, noche tras noche, el mismo drama y la misma tragedia? Vivimos en un país de mierda.
Habían transcurrido horas y ni una sola oración llevaba escrita. A pocos pasos de allí, en
Cada 10, 15, veinte minutos el tren urbano sacude los cimientos del edificio, ahogando algún lamento que en la calle es melodía vieja.
Dos, 3… Cuatro detonaciones y otra vez la sirena y el escándalos.
Los petardos de un 4 de julio que se prolonga, mientras él, derrotado, cierra los ojos y se queda dormido a ver si en sueños le llega la inspiración…
© Josué Santiago de la Cruz
