Sin embargo, la esperanza del mundo choca con grandes poderes hegemónicos. Ciertamente que hay dudas si el nuevo Presidente podrá zafarse de las fuerzas poderosas que han determinado las políticas y comportamiento del gobierno federal de los Estados Unidos. Sabido es que las agencias de seguridad, léase la CIA y el FBI le envenenan la mente a todos los recién llegados a la Casa Blanca matando toda posibilidad de que esa nación vea al mundo desde otras perspectivas. Conocida son las enormes presiones que ejercen los dueños del aparato industrial militar para evitar que los grandes recursos invertidos en la carrera armamentista sean destinados a otros propósitos de desarrollo económico y social. Incluso la misma crisis financiera se vislumbra como un pecado de los ricos que tendrán que purgar los pobres, a menos que el nuevo gobierno tome medidas al respecto. El retiro de las tropas de Irak, que tanto desea el pueblo estadounidense, se pospone respondiendo a intereses económicos empresariales dejando de lado la sensatez que impone la bochornosa matanza de miles de inocentes. Y qué decir de la inmoral política inmigratoria; la que levanta muro tan denigrante como el Muro de Berlín, al que tanto condenaba los Estados Unidos durante la guerra fría por violentar preciados derechos humanos. ¿Cuanto podrá el nuevo Presidente proyectar unos Estados Unidos sensible a los derechos de los demás pueblo del mundo? ¿Cuanto podrá propulsar una nación verdaderamente comprometida con la paz y despojada de fundamentalismo mesiánico?
La esperanzadora emoción que provoca la llegada de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos simplemente comenzaría a concretizarse con un abrazo de su gobierno al Planeta, porque adoptar una actitud de respeto al ambiente, forzosamente promovería una convivencia mundial más armoniosa.
por Sergio A. Rodríguez Sosa

