En más de una ocasión se regó el rumor que puso a más de uno con los pelos de punta. En las noches oscuras, del cañaveral que lindaba con la cancha de baloncesto y el parque de pelota del caserío Modesto Cintrón, surgían escalofriantes figuras que aterraban al más valiente. Más de un caminante nocturno juraba haber visto al cabezón, al hombre “esnú”, a la mujer preña, la llorona y al temido Correa Cotto.[1] Eran tiempos de aparecidos. En los corrillos de la plaza del pueblo era usual escuchar algún fantasmal y estremecedor relato como el que narro a continuación.
Una noche de luna nueva Pancho, Toño y yo íbamos hacia La Playa por un trillo entre dos piezas de caña. De pronto un celaje nos pasó por el lado casi atropellándonos. En Medio de la confusión logramos divisar, como elevándose, un caballo negro montado por un jinete, también vestido de negro, que parecía flotar sobre la silla adornada con una infinidad de resplandecientes botones plateados. De las narices del caballo salían chorros de vapor que producían un zumbido aterrador. De los belfos manaba una baba blanca espesa. El jinete llevaba en su mano derecha un foete de cuero que hacía estallar constantemente. Con cada estallido brotaban llamas anaranjadas que se esparcían por el aire.
—Ese es Chuco que va embollao en busca de Panuco para ajustar una cuenta, gritó Pancho.
Al alejarse, el caballo dejó como una estela de fuego a cada lado del trillo. Las cañas quedaron acostadas, pero sin quemarse.
Ante ese espeluznante espectáculo, con los pelos erizados, dimos un viraje y salimos corriendo como alma que lleva el diablo. No paramos hasta llegar a la plaza del pueblo. Con el corazón latiendo, casi para estallar y los ojos desorbitados, nos sentamos en un banco con la esperanza de asimilar la visión y pasar el susto.
Freddy el bizco, se acercó y nos dijo- “hace un rato mataron a Chuco en Nueva York.”
©Edelmiro J. Rodríguez Sosa
18 de noviembre de 2010.
[1] Prófugo de la justicia temido por lo sanguinario.
Las narraciones de muertos y aparecidos siempre le han fascinado a la gente. El horror es una de los géneros más practicado en todas las artes humanas desde los tiempos más remotos. En Salinas, cuando no existía la televisión, uno de los medios para entretener a los niños y de disuadirlos para acostarse temprano era contándoles cuentos fantasmales grotescos y horripilantes. Entonces había en los pueblos y barrios personas que ejercían con maestría el arte de contar. Era actores pueblerinos con especial capacidad para hilvanar y dramatizar cuentos hasta crear la atmosfera de suspenso y tensión que ponía a temblar al más valiente. Eran héroes de la tradición oral, juglares y trovadores que con escasa escolaridad hacían gala del vocabulario adquirido de manera superior al de la lengua hablada de personas que hoy cargan títulos universitarios e inclusive que son altos ejecutivos gubernamentales. Entre ellos recuerdo los maravillosos relatos de don Vicente Maneiro, don Vicen, vecino nuestro en el Caserio Francisco Modesto Cintrón, quien religiosamente en las primeras horas del anochecer nos contaba cuentos de Juan Bobo y de apariciones, los que debía repetir una y otra vez por petición del corrillo de niños que se reunía a escucharlo.
uuuuuuuyyyyyyyyyy!!