A: Guillermo Valero Zayas

Creo que era a finales de los años 80, si la memoria no me traiciona.

Ese día, la Quinta Avenida —arteria palpitante de la ciudad de las luces— estaba cerrada al paso. Prohibida. Sellada. Pero no por indiferencia, sino por celebración. La fiesta era por ellos. Para ellos. Para nosotros.

Miles de puertorriqueños se agolpaban en las aceras, vibrando de emoción, con “ansias locas” por ver pasar la carroza que traía a sus representantes y al alcalde de su pueblo ondeando su bandera. Era más que un desfile: era un acto de afirmación, un grito de presencia en medio del concreto y el ruido.

Yo estaba al borde. Literal y emocionalmente.

Detrás de mí, dos policías de la ciudad —también hijos de la isla— vigilaban con la mirada de quienes conocen demasiado bien los prejuicios que cargamos. No querían que “fuésemos como siempre han dicho que somos”.

Y entonces lo vi.

Miré hacia atrás. Los patrulleros charlaban entre ellos, distraídos, quizás recordando su propia niñez en la isla. Sin pensarlo dos veces, me lancé. Me deslicé por debajo de las vallas como un suspiro rebelde y corrí. Corrí con todo el peso de la nostalgia y la urgencia en los pies.

No me detuve hasta caer en sus brazos abiertos, y en ese abrazo, por un segundo eterno, la isla se volvió nuestra.

©©María del Carmen Guzmán