A don Pedro Montañez

Le conocí cuando ya era anciano. Llegué a su hogar sin tener idea de su historia. Él estaba sentado en un sillón en la sala, mientras yo quedé paralizada frente a un enorme retrato en el museo de su casa. Al notar mi fascinación por la inmensa fotografía, me preguntó: “¿Le conoces?”

Me volteé, sobresaltada, y le respondí: “¿Es su nieto? ¡Es guapísimo!” Él rió a carcajadas, con alegría genuina.

Un verano en la isla

Por aquel entonces, yo era una adolescente de vacaciones en la isla, acompañando a una tía que, a su vez, acompañaba a una amiga, quien era familiar del anciano.

El señor se levantó del sillón con la lentitud que le permitían sus años y desapareció en su habitación. Mientras tanto, yo seguía embelesada ante la majestuosidad de aquel joven de puños en alto, con una sonrisa amplia y la pose de un campeón.

Regresó con la misma fotografía en mano y me preguntó mi nombre. Aquella foto, que terminó en mi maleta, fue testigo de muchas tristezas durante mi servicio militar, y de algunas alegrías.

Al volver a mi patria, después de muchos años, y comenzar mis estudios universitarios, me encontré una vez más con esa fotografía.

Fue entonces cuando descubrí quién era ese joven cuyo retrato me acompañó durante tantos años, y a quien mi “Alma Mater” le rinde homenaje.

cc María del Carmen Guzmán