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En esta reflexión el incansable Kaminero, Edwin Ferrer, no envía un mensaje vital. Pienso que nos recuerda, que en la frenética carrera de codicia y desamor, los seres humanos hemos ido olvidando los pilares que sostienen nuestra existencia. Perdemos de vista que nuestra inteligencia y nuestra vida dependen del delicado orden natural del planeta Tierra. Aún no tenemos certeza de poder sobrevivir como especie fuera de este mundo que nos rodea.
Del vínculo con la naturaleza nace de la sagrada conciencia de que sin ella simplemente no existiríamos. Por eso para nuestros ancestros es obligación venerar a la Madre Tierra: porque en cada roca, en cada río, en cada criatura, habita un espíritu que transmite el latido del Planeta.
En Borinquen, ese susurro vital se manifiesta en el canto del Coquí, la más hermosa pincelada del paisaje y el eterno reflejo con que Dios nos sonríe.