Sus manos quedaron abandonadas una tras otra sobre el machete y la azada. Unos ojos impregnados en una ficha de domino miraban sus cayos desvanecerse en los roces con la mesa aceitosa manchada de carbón. El olor de su camisa a lechón asado era la seña de la última chiripa, porque le prohibieron cortar los árboles de mezquita para realizar la labor que sustentó su hogar por más de treinta años. Una noche hundió su cuerpo en la hamaca y se puso a pensar.
–¿Por qué rayos no me dejan hacer mi labor? Cuando construyen urbanizaciones los queman y los desperdician.
Don Bache era pobre y un día decidió hacer su casa semejante a una pirámide egipcia en las orillas del río Abey. Uno a uno recogió todos los árboles secos y los acomodó en un inmenso cuadro. Luego con la paja y la tierra donde hacia el preciado combustible, construyó unas paredes dejando el techo hueco en el centro y una pequeña entrada. Al siguiente día llegó un agente de la policía y bajando el malecón preguntó:
— ¿Quién hizo esa inmensa hoguera?
En esos momentos el anciano con una antorcha incendió la estructura y cuando el agente lo amonestó, él contestó:
—No es una hoguera, es el hogar que construí durante más de treinta años y perdone no tener dinero para la seguranza.
El policía se marchó y madrugando al otro día, Don Bache recogió más de cincuenta sacos de carbón y los vendió en la plaza de mercado. Emérito le guiño un ojo y sonrió.
©Edwin Ferrer 01/27/2010
Ese señor llamado Don Bache era mi orgullo, era mi abuelo paterno a quien cariñosamente yo le llamaba Papa.
Las anécdotas sirven un doble propósito (recordar y recrear), pero ante todo, las anécdotas cumplen una función terapéutica, pues nos ayudan a afinar nuestra poerspectiva histórica y a entender lo que somos por lo que fuimos.
En ese sentido el anecdotario de un pueblo es algo parecido a la conciencia que al perderse nos convertimos en un pueblo al garete.
Creo que don Bache, como Sanito, Toño Pistilo, Canario, don Cari, Eusebio Rosa, Cacho y no sigo porque la lista es larga, es hoy un punto de referencia en ese pasado nuestro que no debemos olvidar.
Gracias por recordarlo.
Josué
Edwin, querido, este breve relato me ha dejado con un gusto a tristeza, tristeza por la desigualdad, que parece ser cada día peor en un mundo insensato y por otro lado me ha encendido una sonrisa, al saber que todo ser humano tiene una salida, un recurso interno que pueda ayudarle a escapar de la desgracia.
Aplaudo tu ingenio!
Cariños y siempre gracias por tus comentarios.
Gloria
Recuerdo muy bien esas hogueras que por muchos años ardieron en quietud y sosiego bajo la sombra de un raro y frondoso árbol cerca de donde comenzaba el malecón. Bellos recuerdos de una alegre niñez. Tiempos aquellos de pequeñas empresas donde el pregón “a todo pulmón” del carbonero y otros comerciantes ambulantes se oía por todas las calles del pueblo como alabanzas de fe y esperanza.