Había una vez un rey en una isla enclavada en el Mar Caribe. La Isla era la esmeralda de un collar “archipielagístico”** que casi unía a dos continentes. Este rey, delgado, por no decir enclenque, de ojos saltones y abundante cabellera, vivía en un castillo rodeado de todos los lujos. Su servidumbre toda usaba uniformes celestes confeccionados en el mejor atelier. Los jardines del palacio fueron diseñados por un paisajista y se consultó a un psicólogo clínico sobre los colores usados en la decoración de las habitaciones. En la cocina laboraban una nutricionista y un chef que supervisaban celosamente la selección y preparación de alimentos. Estos eran provistos por una poderosa cadena de supermercados, amigos del rey.
Al castillo lo rodeaba una gran muralla. Afuera los súbditos dormían. El virrey, ambicionando algún día tener el poder de su monarca, negoció con una compañía farmacéutica la distribución gratuita de una vacuna para la influenza. En realidad era un analgésico. Vacunados así, el pueblo no se sublevaría ante las barbaridades cometidas por su rey y para garantizar la continuidad de su reino impuso arbitrios por cada coño que se le zafara a los súbditos. Como el atropello cada día era mayor, los coños estaban choretos y las arcas del rey seguían creciendo.
Nadie podía levantarse ni despertar de aquel letargo. Estudiantes sin futuro, y la guardia del rey a palos porque a un joven se le ocurrió corregir las matemáticas del rey. Hasta legislaron para que 2 más 2 ya no resulte en 4. Ahora el resultado sólo dependerá del capricho del rey y su corte.
Mi rey esta sordo y ciego. Todavía habla impulsado por un delirio, el de vivir en una isla de fantasías. Le habla a su corte de responsabilidad y sensibilidad con el dinero de sus súbditos cuando él mismo le puso el yugo al ahorcado.
Pero un día…
Quisiera escribir un final feliz, pero lamentablemente hasta la imaginación está en crisis.
**archipielagístico- de archipiélago, esta palabra me la invente para este cuento.
© Marinín Torregrosa Sánchez
Vistes de humor una situación trágica. Luego de reír a carcajadas, me eché a llorar. Qué pena que en nuestra queridísima patria ya no existen líderes de la grandeza de nuestros antepasados.
Rolando resume su decepción en una palabra tan nuestra: eñangotao. Traduzco es decepeción como una manifestación desfavorable hacia los partidos políticos. La llamada partidocracia se ha convertido, aqui y en todas partes del mundo en una tiranía partidista que ahoga las aspiraciones de los pueblos, porque en definitiva, los grupos que controlan los partidos, aliados unos con otros, piensan más en su propio bienestar y del partido, que en adelantar las causas del pueblo. ¿Creen ustedes que los partidos propiciaran legislación que termine con sus privilegios?
Así describes, Marinín, la reacción del pueblo puertorriqueño ante la presente situación, pésima por demás, que éste vive:
“…Afuera los súbditos dormían. El virrey, ambicionando algún día tener el poder de su monarca, negoció con una compañía farmacéutica la distribución gratuita de una vacuna para la influenza. En realidad era un analgésico. Vacunados así, el pueblo no se sublevaría ante las barbaridades cometidas por su rey y para garantizar la continuidad de su reino impuso arbitrios por cada coño que se le zafara a los súbditos….”
Ingeniosa expresión que yo, con sumo respeto, traduzco – El Pueblo Puertorriqueño se indigna pero se queda como los de Trujillo Alto – eñagotao….
Cuando el gobernante mira al pueblo con indiferencia se entroniza la tiranía del menosprecio. La vileza reina porque se gobierna con insensibilidad. Se piensa que el pueblo tiene más de lo que merece, que es una carga para lo que producen la riqueza y la merecen y que hay desprivilegiarlo para que no se sepa con derechos.
El trabajador es un obstáculo que impide maximizar ganancias, los estudiantes son unos engreídos que malgastan el tiempo y sus maestros unos incompetentes incapaces de controlarlos. Los empleados públicos son un obstáculo para alcanzar eficiencia en el gobierno por lo que hay que salir de una buena parte de ellos.
El pueblo no merece otra cosa que ser chantajeado con dádivas en dólares y centavos, porque es lo único que entiende. Si no hay dinero por el medio que alimente su dependencia cualquier acción cae en oídos sordos. Por eso la campaña para censar a la gente fue una indigna. Asumen que para que la gente se cuente hay que sobornarlo diciéndole que contarlo significa más fondo federales y no conocer nuestras riquezas humanas. Es decir, los contamos no para alegrarnos del recurso humano que fortalece la nación, sino para asegurarnos más dineros en nuestros presupuestos.
En la tiranía del menosprecio no cuenta la dignidad del ser humano, sino su aprovechamiento como material para producir riqueza, al que se desecha cuando se convierte en una carga, es decir un gasto.
La insensibilidad es tal, y el desprecio brota de cada pensamiento, pero aún así, enmarcando cada palabra en falsos contextos y medias verdades se creen benefactores de la gente. Por eso, ante las cabezas inclinadas del pueblo, invocan a Dios para justificar con el poder de la divinidad, la benevolencia de sus decisiones.
Bravo Mary. Otra vez nos obsequias con un relato ingenioso. Coño (perdón), ¿cuánto tengo que pagar? está muy bueno. Adelante, no te canses de escribir. Ese Rey se me parece a alguien conocido.