La mayoría de las personas reconoce que la Universidad precisa autonomía para llevar a cabo su misión. Sin embargo, poco respeto muestra el gobierno de Puerto Rico a nuestra centenaria institución, que tanto ha contribuido al desarrollo de nuestro país y de sus juventudes. Vivimos de modo recurrente una mala película, en la que el gobernante y los legisladores se empeñan en tratar a la UPR como una agencia más de gobierno, y tiran por la borda a los dirigentes de todos los recintos. No cuentan para nada ejecutorias ni proyectos en marcha. Lo que importa es repartir los puestos.

A raíz del enfrentamiento en la década del 50 entre Jaime Benítez y Luis Muñoz Marín, Benítez escribió: La Universidad “tiene que sentirse libre de todas las presiones y de todos los grupos que quisieran tomarla a su servicio, inclusive de aquellos que proveen los fondos para su sostenimiento. Debe estar libre de las fuerzas políticas, económicas, ideológicas que operan en su época, pero no ignorante de ellas o desdeñosa o indiferente”. Se suele destacar, y con razón, el valor de don Jaime al resistir la presión del gobierno. También hay que decir que aquel gobernador respetó su reclamo, y no intervino en la Universidad. Hemos retrocedido desde entonces.

Hoy todo el mundo sabe que los candidatos a todos los puestos en la Universidad de Puerto Rico deben ser del partido en el poder. La consulta que manda la ley se lleva a cabo pero los nombramientos se deciden fuera del ámbito universitario. Los legisladores presionan a favor de sus candidatos. Luego aparecen las llamadas para exigir favores políticos. Esto lleva, en muchas ocasiones, a serios déficit presupuestario y al aumento de empleados poco calificados.

Las grandes universidades públicas en Estados Unidos y a través del mundo utilizan procedimientos muy distintos para seleccionar su liderato. Los cambios de partidos no afectan la continuidad de los trabajos. Puerto Rico necesita una nueva estructura que salvaguarde a su universidad de las intervenciones de los partidos en el poder.

Graciela Roig Casanova.  La autora es catedrática de la Universidad de Puerto Rico en Humacao. Este texto fue publicado en el Nuevo Día el 5 de mayo de 2010.