“Una madre no se cansa de esperar”.
La escoba se está peinando, el mapo enjuaga su crin, mientras la lavadora se mueve al son de su reggaetón. En la cocina una sabrosa salsita en la cacerola, derramando aromas de un condimento especial. Tiene cuatro letras y los ingredientes se consiguen en el huerto que cultiva el corazón.
La doñita brilla las horas del día con un cepillo desde el amanecer, dejando cada rinconcito reluciente.
-Hoy vienen los muchachos. A Roberto le tengo pasteles de yuca, a Nilda la ensalada de papa con pernil asado. ¡Hum! El flan de queso tengo que esconderlo de Yeyo porque se lo come todo y deja a los demás velando.
Así pensaba Crucita mientras bailaba la bachatita entre la cocina y la sala.
-¡Ya están por llegar!
Pasó la tarde meciendo su espera en la hamaca.
Al día siguiente despertó con el frío en los huesos envuelta en una sábana blanca. Solo el “tic” de una máquina con cuchucientos cables rompía el silencio de la habitación inmaculada.
-¡Me quedé dormida! Ya mismo llegan los muchachos.
Lari,lara,lira…
Tarareando su espera Crucita seguía sonreída.
©Marinín Torregrosa Sánchez
Marinín, qué buena observación, este olvido que las generaciones jóvenes tienen de los viejos, esta prisa por no escuchar, este abandono crónico al que nosmestamos acostumbrando colectivamente es una verdadera desgracia.
¿De qué se nutrirá el corazón si no es de amor?
Pobrecitos los que olvidan, están labrando su futuro!!!!
Me llegó al alma.
Besos siempre.
Gloria
Una triste realidad de la vida. Me tocó