Ella calzó mis zapatos de tacón hasta que llegó la lluvia. Apresuradamente y descalza se metió en el charco de agua.  Las gotas sonaban como campanadas en el techo de zinc. Bajo el aguacero saltaba una y otra vez, corría  de un lado a otro pasando por el chorro de agua que bajaba del plafón. El lodo teñía sus piececitos de marrón.

-¡Como el chocolate! ¡Mis piernas son de chocolate!

-¡Mira que te vas a enfermar!

Arropada por la lluvia. Con el camisón mojado danzaba en círculos riendo. Su rostro miraba al cielo lloroso mientras el alma se le vaciaba en una carcajada.

Una vez fui yo quien le regreso sus zapatos de tacón.  Los de niña me quedan grandes, y me aprietan los de mayor.

©Marinín Torregrosa Sánchez