Nuestros padres dominaban el noble arte de silbar. Para muchos el silbido era el único medio de comunicación en clave y a distancia. Acoplaban las manos para silbar como búhos o usaban los dedos de una o ambas manos  para producir silbidos graves, agudos y hasta de niveles inauditos.  En cada silbido revelaban su estado de ánimo. Los de bien andar, trinaban con gozo, dinámica y staccato. Los que quebraban el espinazo para ganar su sustento, tajaban el viento con pitos cortos y destemplados; triste congoja.  Silbaban para llamarnos a comer, a bañar, a dormir y a veces gorjeaban con extraño compás antes de repartir fuete. 

Por mucho tiempo respondimos obedientemente a los matices de aquellos silbatos hasta que dejamos de ser chamaquitos y a nuestra discreción empezamos a pasarlos por los huevos.

Una noche aburrida estábamos en la glorieta de Salimar. En un banquillo hicimos una lista de nombres y a cada nombre le asignamos un color. Era para una apuesta ramplona a consumarse el día siguiente cuando las fiestas patronales abrían con el show de Iris Chacón.

A eso de las 9:20 el ambiente se empapó de una perpleja preocupación que perturbó la sedentaria existencia de nuestros padres.  Algún presentimiento les despertó el impulso protector y bajo la aureola de abnegación dejaron de ver la televisión para llamar a los miembros de su clan. En unísono comenzaron a soplar ondas sonoras que quebraron la quietud de la noche con un zumbido urgente y autoritario.  Nadie desafió el llamado y de inmediato desfilamos hacia nuestros hogares.

A las 9:21 lo vimos pasar a la velocidad de un rayo.  Destruyó las barricadas al final de la calle, atravesó el estrecho espacio entre los pilares de la glorieta, hizo trizas nuestro banquillo y aterrizó en los columpios del caserío.

El tipo salió ileso y de su rostro desprendía una sonrisa indiferente. Don Vitín lo quería  linchar al instante pero el tipo se escondió detrás de la falda de su esposa.

El agradecimiento filial fue tal, que al otro día nos confesamos y nuestros pensamientos y ambiciones tomaron buen rumbo.  Luego de la misa fuimos a las fiestas a ver a Iris y a celebrar la vida.

Ya todos nos habíamos olvidado de la apuesta en el banquillo. Todos menos Junior, que no pudo vencer la tentación.  Cuando Iris subía al escenario, como una serpiente se deslizo entre la gente y posó su mano sobre la voluptuosa nalga de la vedette, de verde esperanza dejó marcada la huella de su mano.

©Roberto López