A Héctor Santiago – Salinas
A Onyn- Guayama
Dos semanas como forasteros en montes insólitos. No cesaba el fuego.
M-16 resonando en las noches. Olor agrio de agente naranja manaba del cielo. Granadas centellantes detonaban abriendo surcos y ciñendo el titánico espacio entre dos enemigos que combaten y mueren.
– ¡Maldita Guerra!
Muchachos heridos arropados en sábanas sobre el suelo raso, yacían esperando el helicóptero de emergencias médicas que los transportaría al hospital más cercano.
A ellos dos les tocó la guardia aquella sombría y tenebrosa noche.
La noche envuelta en oscuridad y penumbras no les permitía percibir más allá de sus ojos, o de sus narices. Enormes montes rodeados de densas y frondosas selvas impedían ver al enemigo.
Los compañeros de batalla se alternaban el angustioso descanso, cada uno recostado de tierra ajena, en sus respectivas trincheras.
– ¡Maldita Guerra!
Llevaban meses en esos montes… Peleando… Batallando… Combatiendo… una guerra ajena.
Bromeaban y charlaban mientras hacían la guardia, evocando amaneceres en sus respectivas tierras: uno, puertorriqueño; el otro mejicano.
– ¿Donde está el general Pancho Villa ahorita que lo necesitamos?, bromeaba el mejicano.
Un fulgor de metralleta alumbró la trinchera. El ataque los tomó por sorpresa…
Los vietnamitas intentaron traspasar el perímetro y matarlos a todos.
Ellos… Sólo ellos dos. No lo permitieron.
Su compañero perdió allí su pierna derecha. Se la volaron. Jamás volvería a verlo.
Yacía desangrándose sobre la frialdad de aquel suelo foráneo e inhóspito. No sentía su brazo… Su pierna. Su espalda dolía.
¿Moriré tan lejos? Pensó.
Allí permaneció hasta la madrugada del próximo día. ¡Por fin! llegó el helicóptero que lo transportó, primero a Vietnam y luego al Hospital General en Japón y de allí… a su casa…
Aquella noche, sólo fueron dos los Héroes de Guerra.
Corazón Púrpura.
Treinta años más tarde era un ermitaño.
-¡Maldita Guerra!…
© Maria del C. Guzmán