Ahí iba yo, caminando cerveza en mano por las calles de una ciudad carnavalesca donde el vudú se practica por doquiera.    La vida nos pone a pruebas todos los días, y siempre sucede algo que nos incomoda.   Cuando más tranquilo estaba, dos policías se me acercaron agresivamente  y me encasquetaron un ticket.  Me citaron por un delito menor, o sea  por no reír y gozar a más no poder.  Con un donativo de cinco dólares para una entidad  benéfica y una amplia sonrisa pude salir de aquellos policías fatulos.

 La vida es un carnaval y con tanto disfraz uno no sabe quién es quién.

La experiencia me obligó a tomar conciencia de que hace más de treinta años que no voy a un carnaval y con  el mismo gusto que se contempla una noche estrellada  recordé  las comparsas del primer carnaval de mi pueblo.

Allí estaba Yo, en una esquina de Bella Vista, esperando por mis amigos para ir a ver el desfile de comparsas.    Sucedió que unos  amigos venían por la calle con un policía y me señalaban como el presunto ladrón de una yegua.  Una acusación insignificante y totalmente alejada de la realidad, aún así no quise encarar el asunto y salí huyendo sin dejar rastro alguno.

No deje de correr hasta que llegué a Sierra Brava donde estaban agrupando las comparsas.  Dos empleados municipales, uno disfrazado de Fidel Castro y el otro de Hitler estaban a cargo de enlistar y organizar los grupos. 

De todas las comparsas la más que me llamó la atención fue la de Moncho, Goyito, Wilberto Y Chachi.  Moncho se disfrazó de María Magdalena, Wilberto de guerrero romano y Chachi de Simón Pedro.  Se rumoraba que se habían pillado los uniformes de la santa procesión.  Goyito llegó “arrimao” vestido de yudoca.  

A raíz del rumor sobre los vestuarios de Semana Santa,  el tipo con el atuendo de Hitler le indicó a los muchachos que alguien pudiera sentirse ofendido por lo disfraces religiosos y le ordenó  a Fidel que los descalificara del certamen de comparsas.  Chachi, le replicó que más ofendía ser increpado por el sicópata que exterminó 6 millones de judíos y a todo pulmón lo mandó al infierno terminando así la discusión.

Hitler se retiró sin decir palabra mientras arrancaba la emblemática suástica que colgaba en su brazo. Fidel se chupó un tabaco e ignoró la orden del Führer.

Toda la noche la pasé velando al guardia y siguiendo al grupo de Moncho que deleitaban al público con una simple y humorística rutina.  El centurión le ensartaba la lanza a Simón Pedro mientras una histérica Magdalena  pedía auxilio. Al rescate llegaba el ágil yudoca desplazando los pies, girando el cuerpo e incapacitando al centurión con un certero golpe en los güebos.  

Todo iba muy bien hasta que a Moncho le entraron las ganas de mear y se metió en La Españolita donde en aquel momento había una convención de chulos. Un guitarrista y cantante del Coquí, que apodaban El Gallo,  amenizaba la fiesta. Gavilán, un hombre que era más malo que un dolor de muelas,  ciego de la borrachera, insistió en una vieja historia al confundir a María Magdalena con una prostituta.  Se antojo de bailar con ella e inesperadamente  la agarró por la cintura abrazándola fuerte y apasionadamente.

Sin querer causarle un desaire, Moncho  intentó razonar con el Gavilán y dijo “Soy Moncho el del caserío, pregúntale a mi amigo Chachi”. El gallo cantaba y  Chachi, no sé si por miedo o por ser fiel  a su papel de Simón Pedro,  lo negó tres veces.

Wilberto el centurión, al ver lo que estaba pasando se lavó las manos como Pilato.  Solo quedó Goyito el  yudoca a quien el simulacro de victorias contra el centurión lo tenían confiado y fuera de razón. Asumió la posición de combate y con palabras de la pantalla grande lo retó diciendo  “Suéltala que te conviene, te advierto que estas manos son letales, tú decides si vivir o morir”.

No alcance a ver el resultado del combate porque me percaté que venía el policía y mis  supuestos amigos  con el mismo pugilato de la yegua.  Otra vez emprendí  la fuga y me perdí entre la multitud.

Luego llegó el momento de la entrega de premios. El primer lugar se lo llevó la comparsa de Moncho, quien llegó solito a recibir el premio de veinte pesos y un salchichón.  De allí salió para el viejo hospital a donde estaba Goyito recuperándose de una golpiza.

Para mi alivio y sorpresa quedó esclarecido  el asunto de la yegua cuando anunciaron el segundo premio.  El ganador fue mi vecino  Cuqui,  hijo del policía Pérez.   Disfrazado de guardia, con macana y todo, iba multando a los que andaban con caretas. Al reverso del  ticket había escrito, como advertencia, un consejo de oro:  “Sonríe que la vida es un carnaval”.   

©Roberto López