Las parejas de Isidora se arrimaban al mar, mientras un bando de garzas demandaba la aurora. La luna empalidecía junto al canario y se dejaba alumbrar sobre el callejón de la Margarita. Los cucubanos titilaban en un misterioso sacrificio mientras la luna se hinchaba cada vez más aquella noche de julio. El manglar se alimentaba del regocijo de las aves y las nubes dejaban desaparecer su algodón.
Abundaba la pasión en el Coco y los cuerpos se arrastraban en la orillita del mar. Entre sonrisas y espumas se derretían sobre la sal. Había un coro de silbidos entre las ramas del Cocal y un desfile de colores con armonioso cantar. Poco a poco el cielo se iba estrellando sobre las sombras. La pobre niña enamorada ponía sus ojos sobre el horizonte pintando con sus ojos una eterna preocupación, mientras su amado desaparecía. De pronto, todos los jachos de los muchachos del malecón se encendieron, y gritaron: —¡Hay corrida de jueyes!—
Edwin Ferrer 04/17/09
