Conrado era un poco viejo con rizos blancos y piel bronceada por el sol. Trabajó por muchos años lavando coches en un garaje del pueblo.  Todas las tardes solía llegar a la fonda de mi abuelo para que le llenaran la fiambrera. Le gustaba hablar mucho de su padre y siempre pedía que avanzaran porque el viejo estaba solito y hambriento.  Mientras esperaba por la orden, cantaba salmos, bien bajito, como para no molestar a nadie. 

Se me hacía que para Conrado, su viejo era todo.

“Mi apá hoy quiere carne guisa”,  “Mi apá quiere bacalao”,  “Avanza que apá me espera”, “ Mondongo  no, que se enferma mi apá”. 

De alguna manera me enteré que hacía mucho tiempo el viejo pasaba los días en su lecho de enfermo.

Un día le pregunté a Conrado, “ Oye y tú, tienes mujer?  “Apá es lo único que tengo, Y yo lo baño, lo afeito, lo visto,  lo calzo, lo mimo y le cambio el colchón”  me dijo cantando.

Cuando pasó una semana sin ver a Conrado, le pregunté a Conejo si sabía algo de él.  “A Conrado le dio una pendejá repentina”, contestó.

Ese tipo de pendejaces  causan embeleso, y entonces  hice una de esas preguntas de las que uno no quiere la contestación.   “Ah, qué será de la suerte del viejo?”  

Conejo parecía reflexionar con los ojos fijos en la botella. Para él la suerte del viejo ya estaba echada y con la misma liviandad que se espetaba los tragos, susurró  “fuego al colchón”. 

Como es posible evocar esa cruel sentencia?  Tal vez la poca fe o quizá fue un entendimiento colectivo concebido en el culo del mundo?  No sé. 

Solo sé que Yo estaba amolando un hacha para picar  gandinga, pero me antojé de fricasé de Conejo.

©Roberto López