El mensaje de texto, “!Púdrete ahí!”, llegó cuando el conserje preguntaba por los días de mi estancia. “Hasta que se apiaden de mí”,  contesté. 

Esa mañana un arcoiris pintó el cielo, atravesó  la ventana y vertió sus mágicos colores en la mesita central donde esperaba por el café.  Al contemplar el bello espectro luminoso, el alma de poeta se apoderó de mí.  

Mi poema sin versos cogió vida al ver como Ricky acariciaba a Paulie. Él le besaba el cuello y ella cerraba los ojitos y se amelcochaba.  Quise que fueran libres y trazaran en vuelo el inmenso arcoiris hasta llegar a Borinquén,  y que allí se multiplicaran como el pan divino, y su despliegue de caricias enterneciera el corazón de los sicarios, abusadores, y despreciables malhechores.  Y que al fin, reine la paz…

Con aires de omnipotencia e indicios de locura, los tomé entre mis manos y antes de echarlos en vuelo los besé tiernamente y dije, “hacéis el amor y propaguéis”.

Pero aquellos pichones no eran míos y un grito me sacó de aquella soñolienta y sublime condición. 

Me botó al ver la jaula vacía…

 

©Roberto López