Un hermoso día de primavera, a finales del mes de abril, el príncipe heredero de la corona inglesa celebró su boda. El novio lucía elegantísimo con su uniforme militar de gala. La novia un inmaculado vestido blanco que costaba una fortuna. La corona de azahares que adornaba su cabeza estaba engarzada con piedras preciosas. Sus pendientes, el collar y la pulsera los adornaban diamantes de gran valor. Su calzado de fina piel blanca.

Se casaron en la abadía de Westminster, adornada con flores exquisitas, candelabros de oro y sillas acojinadas con terciopelo rojo. Una hermosa alfombra roja, nunca antes pisada, tapizaba el trayecto hasta el altar de la iglesia.

El desfile nupcial por las calles de Londres fue presenciado por una multitud de más de un millón de personas.  La gente aplaudía delirantemente a los monarcas, los novios y al resto de la realeza. Soldados de todas las ramas de la milicia inglesa luciendo sus tradicionales galas desfilaron a caballo y a pie por las calles de la ciudad. Una banda de cien músicos tocaba aires marciales. Cien millones de personas alrededor del mundo vieron la ceremonia por la televisión.

La reina y el rey desfilaron en un hermoso y descapotado carruaje dorado tirado por briosos corceles blancos. Así mismo desfiló el resto de la familia real.

Un lujoso carruaje dorado cubierto de exquisitas rosa roja cargando a los novios reales cerró el desfile.

A la llegada de la abadía, la más encumbrada jerarquía de la Iglesia Anglicana, precedida por el Obispo Canterberry, recibió al séquito real. La iglesia estaba llena de nobles de toda Europa y gobernantes de las naciones más poderosas del mundo.

La ceremonia nupcial fue esplendorosa. Un coro de cien voces cantó durante dos extenuantes horas.

Los festejos se llevaron a cabo en el palacio real. Se sirvieron las bebidas más caras y las comidas más exquisitas. Se escuchó música clásica y bailable interpretada por las mejores orquestas.

Los novios pasaron su luna de miel en un yate privado y en hoteles de lujo de varias capitales europeas.

Ese mismo día de primavera a finales de abril celebraron su boda Juan Rivera y Rosa Díaz en la humilde capilla del sector El Naranjo del barrio Lapa de Salinas.

El novio vestía inmaculada camisa blanca, pantalón y zapatos negros.  Llegó a la capilla en el Toyotita de su amigo Pedro, quien sería el padrino de la boda.

La novia, que como de costumbre se hizo esperar, vestía un traje blanco que compró en una venta especial y zapatos de igual color. Llegó en el automóvil de su íntima amiga, que sería la madrina.

Dos testigos presenciaron la ceremonia nupcial que celebró el Padre Alberto.

Concluida la ceremonia, partieron hacia la casa de Pedro y allí brindaron con cidra de noventa y nueve centavos y bebieron cervezas compradas en el campamento de la Guardia Nacional. Comieron arroz con gandures, lechón asado, ensalada de papas y guineitos verdes sancochados mientras escuchaban discos de las mejores orquestas de salsa.

En medio de la celebración los novios se escaparon sin que nadie lo notara y fueron a pasar su luna de miel en el apartamentito que habían alquilado para iniciar su aventura matrimonial.

Al cabo de cincuenta años la pareja real se había divorciado, el príncipe se había casado tres veces y tenía tres hijos que eran una carga para el pueblo inglés. Solo sabían jugar polo, ir de cacería y holgazanear todo el día.

Juan y Rosa habían procreado cinco hijos, tres hembras y dos varones. Uno es doctor en medicina, dos son abogadas otra profesora universitaria y uno ingeniero. Juan y Rosa vivían en una residencia que le habían comprado sus hijos. Disfrutaban del Seguro Social rodeados del amor de de sus vástagos y de sus nietos.

©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 23 de abril de 2011.