¡Que la divina providencia lo proteja mi buen doctor! —exclamó entrando apurada, echándose aire con una mano regordeta mientras con el otro brazo, a duras penas, sostenía un cachorro macilento que destilaba secreciones por todo el consultorio.
Yo estaba al teléfono preguntándole al fontanero cuánto me costaría arreglar el flotador del excusado.
¡Estimado doctor! He venido preguntando por usted y me han dicho que es el único que puede salvármelo, —volvió a gritar enrojecida, faltándole el aliento, depositando su cachorro sobre el escritorio.
Afuera, los curiosos se doblaban de la risa. Había apostado con ellos, que después de mi primer cliente les invitaría cerveza para todos.
Avergonzado, limpiando las babas y otras mucosidades del perro, deshaciéndome en múltiples
excusas y con mucha pena, le expliqué a la pobre señora que yo no era doctor en animales, que yo solamente era doctor en letras, un novato abogado recién llegado al pueblo.
(c) David Arce
Jajajaj. Bueno convengamos que algunos médicos parecen abogados por la vueltas y revueltas de sus diagnósticos inciertos y que algunos abogados, te meten la mano en el bolsillo como el mejor de los cirujanos!!!!!!!!! Me encanta David, este sentido del humor nos reconcilia con la vida.
Felicitaciones y gracias por el buen rato.
Que bien trabajas las anécdotas.