Dos semanas llevaba encerrado en su casa, aislado de todo y de todos, cuando sintió que tocaban a la puerta. Trató de ignorar el llamado. Pero la persona no se daba por vencida, como si tuviera algo verdaderamente importante que comunicar.
—Que el Señor lo bendiga —dijo la anciana al momento que le entregaba un tratado.
En medio de la desigual lucha, buscó solaz en la lectura del mensaje en el papel.
La portada mostraba a Jesús sosteniendo una copa y más abajo la frase: “Sigan haciendo esto en memoria de mi”.
Sintió que se rompían las cadenas. Cruzó la calle. Entró a Cheko’s Bar y al verlo, todos dijeron:
“¡Amén!”
© Josué Santiago de la Cruz
El microrrelato no aspira a ser discurso, ni planteamiento. Es más bien un punto de partida, una zona de arranque. Nada de resoluciones concretas, aunque algunos parezcan tenerlas, porque el verdadero cuento, la historia en sí empieza a cobrar forma, en cada uno de los que lo abordan, cuando termina la narración. Cada lector enhebrará su propia historia, sus propias resoluciones, en la medida de sus vivenciales, recursos intelectuales y culturales. Lo maravilloso del microrrelato es, precisamente, esa distinción camaleónica, su capacidad de movimiento que, como el río, se transforma en otro río con cada mirada.
Interesantísimo el escrito de nuestro Josué. Cuando se vive la lucha de sentimientos encontrados, para saber a cuál de ellos le damos prioridad. Vemos además, la determinacion, el deseo de sobriedad, la excusa para volver, el denominador de lo contraproducente. Al final, las cosas siempre tienen dimensiones dependiendo los ojos que lo miren. La ignorancia también sigue siendo atrevida. Ese llamado divino confundido con el llamado de los hombres. Ellos lo esperan y han notado su alejamiento, desconociendo quizás la verdadera razón de su ausencia.
Me fascino!