a mis hijos Edgar y Alex, con todo el amor de un padre.
Recientemente saqué un tiempo para mí. Gracias a la benevolencia de mi hijo, quien sufragó los gastos aéreos, decidí buscar fuera del país algo de paz y tranquilidad para mi espíritu, el cual ya estaba saturado de la inmundicia con la que a diario somos bombardeados en esta bendita isla.
Pensando en que la época era la más propicia, final del invierno, me trasladé a New York a buscar el cambio. Por supuesto que desde que me encontré con mi hijo en el John F. Kennedy, me olvidé de las penas que no había podido botar en el avión, y acompañado por el cambio de clima y la calurosa bienvenida, pensé que sí valió la pena el riesgo de meterme en la lata voladora.
El desborde de amor creció al llegar al apartamento y encontrarme con mi esposa, quien por motivo del Día de las Madres había sido reclamada por sus hijos par de semanas antes. Eentonces el circulo quedó cuadrado, como suelo indicar cuando las cosas las encuentro perfectas.
Mi hijo, quien lleva muchos años residiendo fuera de nuestra isla, no obstante a que lo vemos con cierta frecuencia y lo oímos a diario por teléfono, como para ponernos al día de los acontecimientos, conversó sobre diversos temas, menos de política, porque la odia. De inmediato diseñamos un plan de actividades para mi corta estadía.
Mi hijo no estaba de vacaciones, por lo que el plan establecido iba a depender mayormente, para estar con él, de actividades fuera de sus horas laborables, mientras que mi esposa y yo planificamos pasear durante el día por área ya conocidas.
De esa manera se fue desarrollando el plan y viviendo experiencias que me hicieron sentir alguna nostalgia por mi isla. Noté que la gente que te encuentras de frente vive encerrada en su propio mundo, por lo que no se escucha unos buenos días y menos aún un cómo está usted hoy. Las sonrisas estaban totalmente ausentes, el mirarte a los ojos eso no existe en ese país, aunque tratara de provocar un fugaz encuentro. Pensé que esa gente tienen sus propios problemas y no buscan el apoyo natural de quienes los rodean; algo tan importante con lo que vinimos al mundo los puertorriqueños. Realmente la frialdad con que se tratan unos a otros me llevaba a pensar que era preferible quedarnos en el apartamento todo el día hasta que mi hijo llegara. Por supuesto, todo cambiaba cuando, con su llegada regresábamos a nuestro mundo.
Con nuestro hijo visitamos restaurantes mexicanos, peruanos, chinos, italianos, colombianos, americanos; en fin tuvimos la oportunidad de degustar los más deliciosos platos y bebidas que en Puerto Rico rara vez disfrutamos. En los restaurantes, el trato cambiaba ya que como parte del servicio brotaba la amabilidad y se dibujaban sonrisas. Probablemente el ganarse una buena propina hacia diferente el ambiente. Así, día tras día visitábamos diferentes zonas de la ciudad, particularmente aquellas donde la concentración de público era enorme, tales como Time Square, el Yankee Stadium, y por supuesto las grandes tiendas donde mi esposa podía disfrutar de lo último en la moda, disponible en la famosa Quinta Avenida.
Acostumbrado ya a la falta de sonrisas y los buenos días, continuamos nuestras rutinas de caminar durante el día sin nuestro hijo, observando la gama de personas de diferentes nacionalidades con las que nos encontrábamos de frente en las calles y en los comercios del sector. Durante esas caminatas, a cada momento nos encontrábamos con cada sorpresa, por ejemplo: mangos coloraos como los cultivados en Coamo y Juana Diaz a tres dólares y pico cada uno. La curiosidad me llevó a tomar uno en las manos y mi sorpresa mayor fue verle un sello que los identificaba como mango de la India.
Otra sorpresa fue la de encontrar plátanos verdes, grandes de verdad, pero al precio de doce por peso, cuando en Salinas un plátano casi del tamaño de un guineo cuesta 89 centavos. La dueña del negocio, una Señora oriental, me indicó que se importaban de algún punto del Caribe. Permanecí callado pensando que quizás algunos de esos plátanos los vi al pasar por la autopista rumbo al aeropuerto.
Así ya acostumbrados a la rutina diaria, había momentos en que le preguntaba a mi esposa sobre cómo se sentía fuera de Puerto Rico, porque yo apenas me acordaba de los traqueteos diarios de los políticos del país. Pero algo trastocó el ambiente: Obama nos sorprendió una noche con la noticia del asesinato de Osama Bin Laden, el enemigo público número uno de los Estados Unidos. Aquí todo cambio. Todos los medios de comunicación concentraron su atención en la noticia de la muerte de Bin Laden.
El público, mayormente el anglosajón, se les veía muy contento en las calles, y es aquí que puedo notar que movieron los pocos músculos que te hacen reír, pero luego todo cambio, lo que se observaba entonces eran caras de preocupación, temor y desconfianza. Todo el mundo esperando algún tipo de represalia de parte de los seguidores de este Osama, que son muchos más de los que imaginamos y que pueden hallarse dentro del propio territorio estadounidense.
Después de ese acontecimiento, cuando caminábamos por las avenidas notamos las miradas de la gente, como si hubieran cobrado conciencia de que al lado de ellos caminaban otras personas. Ahora estaban preocupados por ver quienes estaban a su lado. Si por casualidad se les parecía a alguien de la raza de Bin Laden cruzaban de inmediato la avenida y dejaban el pedazo limpio.
Indudablemente tomamos medidas de protección y suspendimos las visitas a sitios donde normalmente hay grandes concentraciones de personas. El sistema de trenes lo utilizamos al mínimo y dejamos de asistir a los juegos de los Yankees. En otras palabras, de nosotros también se apoderó el miedo a las represalias.
Cuando llegó el momento del regreso a nuestro terruño y cuando la lata voladora tocó tierra borincana, siguiendo la tradición de nuestros ancestros, aplaudimos delirantemente, reafirmando de que como nuestra gente, no hay ninguna. En ese instante me acordé de mi amigo Félix, que suele recordarme que “aunque nuestro vino sea malo, es nuestro vino y hay que tomárselo.”
Roberto he sentido la misma sensación de frrrialdad de la gente cuando he viajado a Nueva York. Pero mucho más siempre he pensado que todos estan listos para atacarte y quitarte lo que tienes.
Buena narración, te felicito.
Disfruté muchísimo esta exquisita narración. ! Que viva Puerto Rico!