A José Luis González, 60 años después
26 de abril del 2007
Mi cielo;
“¡Que alegría siento poder escribirte otra vez! Espero que compartas mi entusiasmo” –escribía Ramón, con el rabo del ojo estudiando al dueño del puesto de periódicos que laboraba en la esquina. “No creas que se me olvidó enviarte el dinero para el pasaje. Es que he estado muy atareado con los estudios nocturnos y en estos momentos cogí un tiempo de ausencia del trabajo para ayudar a un caballero que recién conocí. Se postuló para alcalde y prometió que no se iba a olvidar de mí. ¡Tú sabes, un trabajito! Con ese dinero los mandaré a buscar. Bueno, eso es todo por ahora. Prometo que con la próxima cartita te enviaré el dinerito. Hasta luego y dale muchos besos y abrazos a los nenes, a mis padres y a todos por allá”.
Tu marido que te adora y te extraña,
Ramón
PD. En el paquete incluí unas cositas para que tengas una idea de lo maravilloso que es por acá.
Se levantó de la banca del hermoso parque que le servía de jardín a la manzana de modernos edificios de cristal oscuro. Dobló la carta y se la puso en el bolsillo.
Volvió a fijar su mirada hacia la esquina y en un santiamén salió disparado. Agarró el diario y una revista. El dueño, que estaba en coqueteos con una damita, se asfixió con una bocanada de cigarrillo al pasarle por el lado como una centella. Miró al puesto, luego al intruso, que se alejaba como alma que llevaba El Diablo. Con una mueca, levantó la mano y con un manotazo al viento continuó su amorío.
Una desmesura de gritos ahuyentaba a Ramón.
Después de varias cuadras de la corrida, y agotado, se detuvo. Se volteó y dejó escapar una vaga y fugaz sonrisa.
Subió por la colina de cemento y se recostó en unos cartones. Cogió un sobre que tenía asegurado bajo una piedra y depositó el periódico, la revista y la carta. Lamió la solapa de esquina a esquina y la presionó con los dedos teñidos de mostaza y ketchup.
Miró hacia la izquierda para alcanzar las leguas de mar que lo distanciaban. Volteó su cabeza hacia la derecha, donde los grandes edificios de la gran ciudad comenzaban a iluminar la noche. Fijó su mirada, esta vez, en el techo grisáceo del puente y se dijo:
—Ahora lo que necesito es el sello.
© David Roche Santiago, 26 de abril del 2007