El pipote y el viejo

a Don Luis X. Lorenzi

 

pipoteLe conocí ya viejo, retirado del magisterio. Enseñó matemáticas en los pueblos de Salinas y Guayama. Salía muy temprano en la mañana hacia su oficina, ubicada en los altos de la Cooperativa de Ahorro y Crédito de Salinas a cuya Junta de Gobierno pertenecía y donde ejercía su nuevo empleo. Era muy inteligente y solíamos hablar largas horas de cualquier tema.

Pertenecía a una clase social distinguida aunque no tenía dinero. Le toleraban sus borracheras porque conocía los pecados de muchos, ya que su nuevo oficio era llenar las planillas de contribución sobre ingresos a la clase trabajadora y a los pequeños comerciantes del pueblo. No le importaba en lo absoluto la opinión que tuvieran sobre él y sus hazañas de borracho, pues sabía que todos acudirían a su oficina durante los primeros cuatro meses del año.

Nunca supe la razón por la que tenía en su posesión una antigua pistola calibre 38. Era un republicano “reventao” y a menudo se veía envuelto en altercados políticos. Además se molestaba ante la injusticia social. Quizás conservaba la reliquia porque pertenecía a la época en que la ideología política se defendía “a tiro limpio”.

Tambaleándose por la tremenda jumeta que traía y con su 38 en el bolsillo, se encaramó una noche hasta llegar a la cumbre del pipote de agua del pueblo. Desde la altura se reía de todos los residentes del pueblo, quienes miraban consternados y pesarosos, preocupados por el anciano. Mas el anciano se aferró al hierro como se aferra un moribundo a su último aliento de vida. Permanecieron unidos largas horas, anciano y pipote, compadecidos uno del otro.

Años más tarde, desde el balcón del caserío Bella Vista vi pasar un camión de arrastre de un pueblo vecino llevándose el viejo pipote y desde Las Marías un féretro llevaba los restos del anciano. Ambos cruzándose en el camino a la sepultura.


©María del C. Guzmán