El carro fúnebre se acercó a su hogar. Como se encontraba flácido, todo el mundo lo daba por muerto. Entonces, una luz resplandeció y él se acercó a la multitud. No podía hablar, sólo contemplaba a todos sus amigos, sus familiares y a su propio ser. Uno de sus amigos le dijo:

—¿Por qué te fuiste, si eras tan buena gente y siempre nos pagabas los tragos?

Otro dijo:

— Aquella mosquita muerta no te merecía.

—Entregaste toda una vida por tus hijos y tu mujer.

—Así es la vida, es una caja de sorpresas, musitó.

— ¿Tu ves?, dijo una voz que más parecía de un fantasma que una persona viva.

—Te hubieras casado conmigo.

Luego los dos entrelazaron sus manos y se metieron en el ataúd.

Pello cerró el féretro y comenzaron a servir galletas con chocolate.

©Edwin Ferrer