Cuando era joven, Pao era tremendo centro field. En su pueblo era admirado por sus habilidades jugando pelota. Cuando cerró la industria cañera y finalizada la última zafra decidió marcharse a los Estados Unidos. Trabajó por largos años recogiendo melocotones y manzanas en los campos de Hartford Connecticut. A pesar de la lejanía, siempre recordaba el jonrón que bateó en el parque Manuel González. Hasta enterró una estaca donde cayó la bola Wilson 10-10. La enterró para que nadie se diera cuenta donde pegó la pelota. Por las adversidades y el desempleo vivió deambulando debajo de un puente entre la tercera avenida de Manhattan y el Bronx. En las noches solo pensaba regresar a su pueblo y jugar el último partido de su vida.

Un día, Dios, desde una limosina, cumplió su deseo y le pagó el pasaje para que pudiera reunirse con los suyos. Eran las fiestas patronales y por costumbre se celebraba el juego de los “Old timers.” Ese mismo día llegó hasta el parque uniformado de verde y blanco y no había nadie en el terreno. Solo vio la sombra de Lelo que le dijo:

—Aquí no se da el juego porque el alcalde suspendió los fondos para traer jovencitos que tocan Rock and Roll.

Luego se dirigió al barrio Borinquén y se reunió con Merejo, Guango y Coquero y armaron un juego de pelota cerca del cementerio de la Isidora. El primer strike lo cantaron bola. Camarero, que se encontraba en el plato, pegó un palo largo y Pao, tratando de alcanzar la pelota, cruzó la verja del camposanto, y como estaba viejo, le dio un infarto cayendo sobre el epitafio de una tumba que leía:

“Olvídate de las Maripilis que la que te lavó el uniforme verde y blanco fui yo.”

@ Edwin Ferrer