— ¡Mira —dice con voz susurrante, ronca, Papucho—, esos hombres que navegan en el río están llenos de sangre, roja como la saliva de Mamita!
—No mires, Papucho —también susurrante el hermanito mayor—. Es gente muerta que está navegando en el río de la muerte.
—No es gente muerta —reclamó Papucho—. ¿No ves que está naciendo un niño?
—Te he dicho que no mires —volvió a ordenar el hermanito mayor—. Ese niño también está muerto, como nosotros.
—El que va adelante se parece a Papito, y no quiere mirarnos. Solamente el pez y el barco nos miran.
—Te he dicho que no mires, Papucho —molesto el hermanito mayor—, no puedes recordar a Papito, porque cuando él se fue tú todavía no nacías.
—Sí, me acuerdo de él. Escuché cuando él dijo cuida a mis hijos, que me voy para la guerra. En ese tiempo yo no sabía lo que era la guerra, tampoco ahora —dice triste Papucho—. Solamente sé que la gente se muere y que navega por el río de la muerte hacia el mar donde vamos a ver a Mamita.
—No te lo quería decir, Papucho, pero en el mar también está Papito, junto con Mamita. Él no se fue: se lo llevaron a la guerra. Ahora duerme, que mañana veremos a los dos.
David Arce