No desespera el palomo,
por paloma que lo quiera.
Renunció a esa obstinación,
del amar a la ligera.

En vuelo quiso encontrar,
amor de reinas sin tiaras.
Y de tanto estrellar
se le quebraron las alas.

Al no caer en mano
de un noble corazón,
comprendió que fue en vano,
abrazar tanta ilusión.

Cuando llegó el ocaso,
descendió del cielo oscuro.
Y para no dejar trazo,
aterrizó con disimulo.

Dejó en brazos del olvido,
eso de tirar anzuelos.
Va eternamente agradecido
de las que alzaron el vuelo.

©Roberto López