Al igual que otras familias puertorriqueñas, a mi madre le gusta hacer fiesta cada vez que uno de sus hijos regresa de una larga y fructífera ausencia. Es una tradición que se remonta a los años de 1970 y para la fiesta ella ORDENA asar un lechón. 

Sepa usted que asar un lechón a la vara es una tarea seria y tediosa. Te tardas una hora en encender el carbón, luego debes controlar el fuego, meticulosamente virar el puerco para que se tueste bien y de vez en cuando rociarlo con el jugo que suelta. No puede excederse uno con las cervezas, no vaya a ser que se pasme el lechón y se arruine el trabajo. Es una vigilia de 4 a 5 horas. Los amigos y familiares confraternizan lejos del humo que te hace llorar.  Cuando te toca voltear la vara quedas en una cósmica soledad que nadie envidia y te pone a reflexionar.

Un verano viajé a Nueva York para descubrirme a mí mismo y conectarme con la esencia de la vida. Después de dos meses regresé a Puerto Rico más pelao que un chucho.

Aun así, me hicieron una fiesta con lechón asao. Ese día pasé toda la mañana buscando carbón por todos los barrios del pueblo. A la hora de la fiesta, allí estaba Yo, solito volteando la vara, el sol tostaba mi espalda y el patito feo hacía piruetas en mi mente…

Entonces terminé mis estudios y busqué trabajo, porque Yo no quiero volver a asar un jodido lechón.

©Roberto López