En el marco de un Puerto Rico convulsionado los programas de búsqueda de talento son un oasis para que la gente descanse por algunas horas de las situaciones que los agobian.   Tan apasionadas como trágica, la trama de estos programas agolpan en los participantes los deseos y los sueños de muchas personas. Esa intrínseca característica de nuestra especie de construir ídolos desata pasiones que contagian a muchos hasta llamar la atención del más desinteresados. Por eso la trasformación de Gremal Maldonado, la construcción comercial de una figura salida de las humildes barriadas de nuestro país, capta la atención de los que examinan los fenómenos mediáticos, por un lado, y del tropel de fans que gritan y celebran cada palabra y cada estrofa cantada por su ídolo.

La gremalmanía es un fenómeno fácil de explicar. Se trata simplemente de una expresión que se va escribiendo tras el deseo, la imaginación, las aspiraciones y la esperanza de la gente.  El pueblo sabe que tiene que dejarse sentir, trasmitir quién es y que hace, quizás tras la idea de que debemos ser más consciente de lo que todavía no hemos sabido hacer. Por eso, suceda lo que suceda en la competencia, la gremalmanía es un signo de un sueño colectivo  que habla de los que somos y para imaginar lo que podemos alcanzar.

Gremal Maldonado es símbolo de los muchos talentos refulgentes escondidos entre nuestra gente.