por Gloria Gayoso

Aquel hombre común amaba la literatura clásica de un modo reverente  y casi fanático. Pasaba largas horas en su refugio cotidiano leyendo y  releyendo a Homero y a los dramaturgos griegos, que le proporcionaban increíble solaz.

Una mañana luminosa de verano, después de una noche entre pesadillas y clarividencias, se levantó abotargado por una lluvia de versos que le aporreó la cabeza y lo dejó exhausto, entre estrofas y estrambotes. Desde aquel fausto día comenzó a garabatear insolente cuanto papel encontraba en su camino. Poco se preocupaba de los ritmos asonantados y aún menos de las consonancias.

Sacaba uno a uno de su mollera asolada, pingajos de palabras superfluas y melifluas, vacuas de sintaxis  y de ritmos. Se agotaba en jornadas agónicas rascando cítaras imaginarias para recitar en voz alta, sin ton ni son, colgajos de sílabas en desorden. Su clueca insania no tenía límites.

Una noche de fantoches y de fantasmas, habiendo exprimido la ubre insensata de su cerebro, concibió la idea de colocar un diccionario desmembrado dentro de la oquedad raída de un bolso antiguo, para ir extrayendo al azar los huérfanos vocablos; el resultado fue una hecatombe poética, donde el sol se escondía al alba y los cráteres de la luna se mostraban a pleno, a destiempo.

El caso es que Virgil, que había elegido ese apodo, pareciéndole así hacer honor al máximo poeta latino, elegido por Dante por amigable compañero, empezó a enviar sus desaguisados líricos a las editoriales de más renombre. De más está señalar, que muchas de las destinatarias lo rechazaron de inmediato pero otras, negociantes natas, alcahuetas de incautos, apostaron a embaucar lectores con los zafarranchos poéticos de Virgil.

Así de pronto, nuestro vate de pacotilla, que era un gil, virgen de aplauso, entró en la cadena literaria subiéndose a un podio inventado.  Le escurrieron los bolsillos para pagar él mismo sus ediciones lujosas y voluptuosas y él soñaba ya con el Nobel, en noches de sudores creativos sin cordura ni tino. Sus vecinos también tragaron el anzuelo del talento y comenzaron a lisonjearlo desde el saludo a la despedida con una inconsistente retahíla de mimos y agasajos que contribuían a engrosarle el orgullo.

El día de la presentación de su primer libro, fue invitado el presidente, varios diputados desocupados, el jefe de la ciudad y el comisario del barrio, junto con el párroco, que nunca se perdía nada, sólo las misas. También se incorporaron al evento aplaudidores de turno, para meter más bulla.

Virgil, trovador sin experiencia, no cabía en sus  enjutas carnes, que habían perdido consistencia, porque en su afán esquizofrénico , había olvidado el gusto por el comer y el beber, tenía muy asumido su papel de rapsoda esplendoroso y esperaba la gloria que habría de inmortalizarlo, como a su modelo latino, lo habían hecho los siglos. Después de borronear en mente un discurso rimbombante, el poeta inventado superó el pánico escénico y descalabrado de miedo comenzó a recitar sus Himnos Elementales a la Locura Escondida, sus Odas al Viento Impoluto, sus Sonetos Sonetados con Tonete y Flauta y sus Coplas de Mano Enyesada…

               Algo así…   Yo, Tú.

                                 Él… ¡tuyo!

                                 ¿Nuestro?

                                  ¡Vuestro!

                                  ¿Dónde?

                                  ¿Cuándo?

                                  ¿Quiénes?

                                   Algunos…Otros…

                                   ¡ Aquellos!

Leía los bocetos bochornosos pergeñados en horas de insomnio y miraba fijo al auditorio, espantado en sus alucinaciones, creyéndose el aplauso, que tardaba en llegar. Entonces creció un gran silencio, un silencio procaz, un gran agujero en el aire, una risotada colectiva y apabullante, no disimulada, estruendosa como una ola gigante que le llenó de escupitajos sonoros el oído poco musical de Virgil, que alelado en desconciertos, se derrumbó sobre el escenario con estrépito.

Los invitados salieron intercambiando pareceres, valorando en demasía su precioso tiempo perdido entre murmullos y refunfuños.

Sin embargo la historia del laureado sin laureles tuvo un epílogo feliz. Su fama de poeta falaz llamó la atención de los periodistas, siempre ávidos de noticias de distintos colores, y al cabo, sus mamarrachos iletrados eran ahora recitados con reverencia digna sólo de un Neruda, por los actores de moda en toda la Televisión pública nacional.

Virgil, eclipsó a Virgilio, por un rato y pudo ser así plasmado en este cuento absurdo pero espantosamente real.

©Gloria Gayoso