Antes de salir de mi pueblo me embargo la amargura de una niña y un gallo que se llamaba “Motita”. El ave, un gallo rozón de cresta roja cortada, pico arqueado, plumaje blanco abundante y vistoso, era similar al de un ángel fugado del cielo. Tenía dos afiladas espuelas en cada tarso. Por mala suerte era inglés, de pelea. Sin embargo, para la niña de los ojos grandes era su mascota preferida.

Ella lo acariciaba y lo tomaba en sus manitas como si fuera de terciopelo y lloraba cuando su padre lo volvía a su jaula. Un día el afamado gallero me ordenó que lo traqueara para apostarlo en la gallera.

pelea de hallosEsa noche no dormí pensando que si mataban al gallo moriría de pena junto a la niña. Llegó el día en que casaron los gallos y yo mismo lo solté en la valla. Cuando se levantó el polvo en el redondel de la batalla cerré los ojos y en cuestión de segundos habían cantado victoria.

Motita tenía la sangre coagulada marcada en una sola pieza desde el pico hasta el plumaje del cuello, pero aun estaba de pie. Los galleros repitieron el nombre de Motita suspirando. El silencio, entonces, los cubrió y sus corazones embriagados por el néctar de la victoria, hiso que recuperaran la sobriedad porque habían visto algo más grande que la gloria del triunfo al ver al otro gallo muerto. Quitaron entonces el plumaje de la presa a ver donde Motita le había clavado las espuelas. En su pecho aparecieron las heridas como labios que hablaran proclamando la valentía de los gallos en la serenidad de un domingo matutino en el barrio La Plena.

Cuando regresamos al pueblo, la niña de los ojos grandes no se había cambiado su trajecito blanco al salir de la iglesia, le pidió la bendición a su padre y después de oír un aleteo raro en la jaula y ver su velo cubierto de sangre, jamás volví a pisar una gallera.

© Edwin Ferrer