En agosto del 1983 los estudiantes que eventualmente nos graduamos de cuarto año de escuela superior en 1988, empezábamos el octavo grado de escuela intermedia. Varios estudiantes de ese grupo, entre ellos Ángel Miguel Martínez, Miguel Ángel “Mike” Cruz, Ernesto Aponte Rosario y José Arnaldo “Nano” Santiago, tomaban clases de teoría de la música y solfeo con el profesor Ángel Félix, para ese entonces maestro del currículo de música de la Escuela Intermedia Urbana (conocida también como la Román Baldorioty de Castro nueva).

Varios años antes, cuando yo cursaba el quinto grado y empezaba a interesarme por la música, mis viejos me apuntaron en las clases que por años ofrecía en el municipio el gran maestro Demetrio Rodríguez Rivas. Todavía, que yo sepa, no se ha escrito un recuento exhaustivo de las contribuciones de míster Demetrio, no solo al desarrollo cultural de Salinas, pero igualmente a la música en Puerto Rico.

Entre sus estudiantes se encuentran luminarias del pentagrama musical puertorriqueño como Eduardo “Papo Grey” Cruz Cardona y Félix Rodríguez (trompetas de la orquesta de Willie Rosario), Heriberto “Ayatolah” Santiago (trompeta de Willie Rosario y Sonora Ponceña), Carlos Carreras (director de la orquesta salinense El Rey Carlos y su Corte y hoy día maestro de la banda municipal de Salinas), Demetrio “Machito” Rodríguez (trompetista del Conjunto La Perla y de la orquesta Costa Brava), el excelente trombonista Antonio “Toñito” Vázquez Ponce, el conguero de El Gran Combo Miguel “Pollo” Torres; el saxofonista y director de la banda municipal de Juana Díaz Santiago “Chago” Martínez; y el trompetista, arreglista y director Mario Ortiz.

Demetrio Rodríguez, además de buen maestro, ejecutaba el bombardino espectacularmente; con el tono preciso, pero a la vez delicado y precioso que la tradición de bandas militares españolas trajo a Puerto Rico y que contribuyó a la incorporación del solo virtuosístico en nuestra danza (piénsese en los solos de bombardino que son parte integral de muchas de las danzas de Morel Campos, Ángel Mislán y Luis Miranda, entre otros). Esa tradición militar española es la base de la disciplina férrea-mucha repetición, y la precisión siempre como meta-que permea la pedagogía de los vientos metales que se enseñó, y que todavía se enseña, en Puerto Rico. No es coincidencia que Puerto Rico cuente con vientos metales a los que incontables artistas y directores del extranjero (he sido testigo de esto) elogian por su capacidad para leer a primera vista sin fallar y con sonido y afinación envidiables.

Recuerdo que el primer día míster Demetrio, en aquel salón grande y fresco de la Ciudad Perdida, con el río a sus espaldas, me preguntó qué instrumento yo quería tocar. Al decirle que el trombón, me dijo: “el trombón está en clave de fa; primero tienes que aprender a leer en clave de sol”. Y seguido me asignó el método de solfeo Eslava. Si la memoria no me traiciona, me parece que estuve con míster Demetrio unos cinco o seis meses. Recuerdo que me decía “muy bien” cuando me salía el solfeo correctamente (que no eran tantas las ocasiones). Todavía recuerdo que me agarraba la mano para que marcara el compás como se suponía que lo hiciera y recitaba él las notas en voz alta cuando no me sabía bien la lección (esto último pasaba más frecuente de lo que quisiera yo reconocer). Nunca llegamos a la clave de fa. Tampoco probé si me sonaba o no el trombón. Recuerdo con tristeza que un día me dijo que esa iba a ser la última semana de clases, pues, el municipio había decidido cerrar la escuela. Y así, como quien dice de la noche a la mañana, se acabó mi educación musical, o eso creía yo en aquel momento.

La experiencia de no poder continuar con míster Demetrio me dejó un mal sabor. Creo que es esa la razón por la cual nunca me apunté en los cursos de solfeo que daba Ángel Félix en la intermedia. Recuerdo a Ángel Miguel y a Tito Aponte hablando de solfeo y de música, pero yo no sentía interés; me apunté en lo de Teatro y Baile Folklórico que daba el profesor Luis Ortiz Román. Creo que estuve en eso todo el séptimo grado; tal vez parte del octavo, no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que cuando cursábamos el primer semestre de octavo grado, un individuo alto, bien acicalado y con zapatos two-tone como los que veía yo en las carátulas de los discos de Tito Rodríguez que papi tenía, le pidió a nuestro maestro de Artes Industriales Nelson Amy, permiso para dirigirse a los estudiantes que estábamos en clase. Se presentó como Humberto Godineaux y nos exhortó a matricularnos en el programa de banda escolar que iba él a dirigir el semestre siguiente. Recuerdo asimismo que Ángel, Nano y Tito se ilusionaron con la idea, pero yo no. Los recuerdo tratando de convencerme de que me matriculara, a lo que respondía que habían pasado ya varios años de la clase de solfeo con míster Demetrio y no me acordaba de leer música. Hoy pienso que lo que sentía era miedo pues ellos recién estaban leyendo música y yo no; pero lograron convencerme y para el segundo semestre de octavo grado estábamos todos en el programa de banda.

Aquel primer grupo se reunía en uno de los salones que tenía la cancha de baloncesto, el otro salón era el de Educación Física de Julito Martínez. A la verja que nos quedaba detrás le decían “El Roto,” literalmente un boquete por el que se podía llegar a la vía del tren y a Sierra Brava. El salón contaba con un piano y un cuarto pequeño, una cobachita donde guardábamos los instrumentos, en particular los de percusión, que era trabajoso moverlos por su tamaño. En ese primer salón pasamos muchos de los momentos más felices de nuestra educación; por lo menos yo lo siento así. Varios años después, cuando ya estaba cursando escuela superior en la Libre de Música Ernesto Ramos Antonini en San Juan, la banda se movió a ensayar en un salón ubicado en la parte trasera de la Román Baldorioty vieja, adyacente al parque Manuel González, donde juega el equipo doble A. Yo nunca ensayé allí, pero recuerdo que nos reuníamos frente a ese salón para luego caminar hasta la plaza pública cuando tocábamos en las procesiones de la Iglesia Católica.

Para el momento en que empezamos la clase de banda como tal, ya nos habíamos enterado de varias cosas sobre el maestro que nos resultaban interesantísimas. Otros detalles los he ido recogiendo con el pasar del tiempo. Humberto Godineaux Aponte nació en Santa Isabel el 1.º de mayo de 1952, hijo de Santos Heriberto Godineaux Rivera y Matea Aponte Rodríguez. Era, al igual que Mario Ortiz, uno de los estudiantes procedentes de Santa Isabel que vinieron a Salinas a estudiar con míster Demetrio Rodríguez. Se graduó del Conservatorio de Música de Puerto Rico, donde obtuvo un Bachillerato en Educación Musical en el 1982 y donde estudió con el Profesor Orlando Cora, para ese entonces trompeta principal de la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico. Recibió también un Certificado en Educación Elemental de la Universidad Católica en Ponce y luego de ingresar al US Army en el 1974, tocó con la 82nd Airborne Band, estacionado en North Carolina (1975-1976). Entre los años 1976 y 1981 míster Godineaux fue también parte de la orquesta Sonora Ponceña.

A través de mi compadre Víctor Vázquez Ponce, que para ese entonces ya estudiaba en la Libre de Música en San Juan, caí en cuenta de la existencia de varios solos que Godineaux grabó con la Sonora. Yo solía escuchar esos solos en el tocadiscos de papi con la intención de pedirle a Godi (como aprendimos a llamarle cariñosamente) que los tocase frente a nosotros allí en el salón de banda. En mi inmadurez musical, no me percataba yo entonces de que los solos eran improvisados, inspiraciones; algo a lo que están acostumbrados la inmensa mayoría de los músicos puertorriqueños. Yo simplemente veía el despliegue técnico que él solo requería y, como estudiante estúpido y con algo de envidia, pretendía que Godi lo tocase frente a mí “para ver si es verdad que este tipo toca.” Pues bien, el Godi se sabía sus solos; incluso una vez me dijo algo que todo músico que valora la conexión con el público puede apreciar: “si hay que improvisar hay que improvisar, pero si el solo interpretado pegó en la radio el solo, la gente espera el mismo solo y hay que complacerlos.” Y esto lo decía como pontificando, pero de una manera bonachona.

Además de la Sonora Ponceña, Humberto Godineaux tocó con la Orquesta Fiesta (1969-1970), con Agustín Arce (1970-1971), con la Orquesta La Terrífica (1971-1974), el Conjunto Canayón (1981-1982) y la Orquesta Costa Brava (1982-1983).

Godi tenía, y me consta que esto lo recordamos muchos de los que fuimos sus estudiantes, una manera de hablar muy elegante, con mucha gracia y donaire. Rememorando, Ernesto Aponte me decía que Godi impresionaba por su manera de expresarse “como dando un discurso” y usando muchos ademanes. Sunder Shiwdin , que fue parte de la sección de trombones y se graduó de la Stella Márquez en el 1991, recuerda su caballerosidad y lo pendiente que siempre estaba a que los varones usáramos un lenguaje apropiado cuando había damas presentes. Siempre andaba impecablemente vestido y recuerdo que en su carro tenía siempre a la mano un cepillo de brillar zapatos.

Pero, ante todo, Godi fue un educador. El aura y la reputación de músico que trajo consigo, más la tristeza y pena que nos embargan al pensar en lo difícil que fueron para él sus últimos años de vida, nos hacen olvidar que fue un excelente maestro. Bien preparado, con mucho conocimiento tanto de la teoría como de la práctica musical. Godi fue el líder y protagonista de una de las épocas más lindas de la historia musical de Salinas. No solamente moldeó musicalmente a toda una generación de salinenses, sino que dejó en la inmensa mayoría de nosotros un sentido de amor y responsabilidad hacia el arte que todavía hoy nos dura. Esto se debe en parte a la buena impresión que nos causaba lo que era capaz de hacer en el salón de clases. Para las personas que sienten una necesidad apremiante de expresarse a través de un instrumento musical, no hay nada como un maestro que te muestra un camino relativamente rápido y efectivo de hacerte escuchar. Más satisfactorio aún: que al expresarte provoques que la gente guarde silencio y te oiga atentamente.

A menos de un año de haber empezado la banda, Godi nos dijo que íbamos a tocar en el Carnaval de Salinas. Mirando hacia atrás, creo que había en nosotros una mezcla de emoción, expectativa y temor ante aquel reto. Mucha gente en Salinas recuerda la presentación de la banda en ese Carnaval como una agradable sorpresa; y creo que Godi lo vio así desde el principio. Nadie esperaba que tocásemos música públicamente tan pronto, de manera que teníamos todas las de ganar.

La estrategia pedagógica que usó para montar las piezas que tocaríamos resultó de una genialidad práctica tremenda. Creo que tocamos dos piezas nada más; pero como íbamos marchando por todo el pueblo, la gente esperando en la plaza no iba a ser la misma que nos escucharía durante el trayecto previo. Pudiera decirse que el “repertorio” era corto pero efectivo. La canción brava de “nuestro repertorio” era la muy conocida conga cubana que nos hemos apropiado y adaptado: Pal Carnaval de Salinas me voy, donde mejor se puede gozar. Godi nos enseñó la canción en lo que hoy yo llamaría “layers”. Era como armar un bizcocho desde la base hasta el frosting.

La tuba (Ernesto Aponte Rosario) y los trombones (entre los que estaban Ismael Colón, Mike Cruz y Carlos “Ruby” Ferrer) tocaban una figura rítmica imitando el tumbao de un bajo; esta frase establecía tres elementos fundamentales: tonalidad, swing y el sentido de la clave. Las trompetas (recuerdo a Carlos René Rivera y su hermana Cecilia, a Manolo Ortiz, Viviana Sánchez, Neftalí Gastón, Jessica Meléndez y este servidor) añadían otro “layers”, otra capa. La frase de las trompetas proveía una figura rítmica contrastante, pero a la vez complementaria con la de las voces graves, pero, más importante aún, proporcionaba armonía y profundidad. Todo esto iba acompañado de la percusión (bombo, redoblantes y platillos; recuerdo a B.J. Flores y su hermano José Ramón y a Guillermo Rivera; no estoy seguro si ya para entonces estaban los hermanos Eliezer y Carlos Amneris Rosario) que llevaba un ritmo constante y sabroso como “haciéndole camita” a los vientos metales. Y entonces se le ponía el frosting a la cosa: saxofones, clarinetes y flautas interpretaban la melodía… Pal Carnaval de Salinas me voy… Esto era un truco muy efectivo, pues, las instrucciones de Godi era tocar todo menos la melodía, de manera que se creaba un “groove” que ponía a la gente a gozar y en ambiente. Para cuando los vientos madera entraban con la melodía ya “nos habíamos echado a la gente en un bolsillo”. Recalco: nada como el público guardando silencio para escucharte atentamente.

Esa presentación en el Carnaval nos abrió las puertas a muchas otras actividades, particularmente las ceremonias de graduación de las escuelas intermedia y superior. Más importante aún fue el hecho de que la presentación nos dio confianza y un entusiasmo tremendo de ensayar y practicar. Nos enfiebramos y de ahí en adelante recuerdo que, a la menor provocación, a la primera oportunidad estábamos “con el instrumento en la boca”. Empezamos a añadir repertorio: las danzas Lejos de Ti, Mis Amores, y Sara (en la que Tito Aponte, y en otra ocasión Sunder Shiwdin tocaban el chulísimo pero endemoniado solo en el trombón); temas de películas como Rocky, Shaft, Love Story, The Partridge Family; las melodías principales del musical Jesus Christ Superstar; las canciones The Candyman, Romeo y Julieta, I Left My Heart in San Francisco; un medley de canciones de Burt Bacharach; el tema de Navidad Joy to the World; y la marcha Stars and Stripes Forever.

Entonces nos dio con explorar, indagar y tratar cosas por nuestra cuenta. Recuerdo que Ángel Miguel Martínez comenzó a practicar el piano que tenía en su casa. Ángel eventualmente dejó de tocar saxofón y flauta y se concentró en el piano y los teclados. Tocó profesionalmente con la orquesta de merengue de Salinas, Los Hijos del Caribe, con Aldo Mata, y con el merenguero Sergio Hernández (donde fui también yo a parar como segunda trompeta durante mis años en el Conservatorio de Música). A Ángel le gustaba mucho la música pop americana de los 80 y se sentaba al piano a sacar las canciones de los discos que sus hermanos tenían. Para sorpresa de muchos de nosotros, Ángel también tenía muy buena voz y dicción en inglés; se aprendía canciones de rock y las cantaba acompañándose él mismo al piano. Como anécdota interesante que refleja su calidad como músico y alumno, Ángel dirigió la banda en nuestra propia graduación de noveno grado, ya que por compromisos previos Godineaux no pudo asistir.

Comenzamos también a tocar en los juegos de la Doble A; nos dejaban entrar gratis con tal de que formásemos la rumba en las gradas. Y recuerdo la noche que los Peces Voladores ganaron el juego que los clasificaba para los playoffs. Se formó una fiesta tremenda. Un ambiente de algarabía y desorden como yo nunca había visto. Y Guillito Rivera “Chacharicha” nos comenzó a decir cómo tocar el himno de Salinas. En medio de esa celebración en grande empezamos a caminar hacia la plaza, tocando el himno, y no sé cómo, pero lo próximo que recuerdo es a Chacharicha y algunos de nosotros metidos en la fuente de agua de la plaza, ¡con los instrumentos y todo!

Con Ángel, José Arnaldo “Nano” Santiago y Tonito Torregrosa fuimos a tocar con las batuteras que organizaba Yamira Angleró. A veces ensayábamos en Bella Vista y en otras ocasiones en la cancha del Modesto Cintrón. Nos aprendimos muchísimas canciones con tal de acompañar a las muchachas de las batutas. En aquel momento no nos dábamos cuenta, pero estábamos empezando a “coger calle” en el sentido que tiene la frase cuando se utiliza entre músicos. Para este tiempo comenzamos también a integrarnos a dos tradiciones que en Salinas siempre han estado ligadas con la música: las dianas y la procesión de Semana Santa. Tocamos dianas en el pueblo y en El Coco; para estas últimas nos quedábamos a dormir en varias casas en el barrio y así nos asegurábamos de levantarnos todos temprano. Las dianas, las que íbamos tocando montados en un trolley del municipio, fueron una experiencia bonita, aunque creo que no teníamos noción para entonces de su valor social y cultural. Sin embargo, la oportunidad de tocar en la procesión de Semana Santa fue, musical y socialmente, una experiencia de valor incalculable.

Una de las tantas experiencias lindas que tuvimos en la banda de Godi fue la de compartir con músicos buenos en los ensayos regulares. Músicos como Heriberto “Ayatolah” Santiago, Nelson Nieves (que fue maestro de música en la Escuela Libre de Mayagüez y fue también trompeta en la Banda de la Policía de Puerto Rico) y Efraín Quiñones “Pocho”, un primo de Godineaux que siempre andaba con su trompeta y su flugel horn, nos visitaban frecuentemente en los ensayos semanales. Nos ofrecían su ayuda y su conocimiento, además de su camaradería, pues los músicos son gente gregaria a la que le gusta compartir, en especial si es con otros músicos. Cuando un estudiante se encuentra en su etapa de desarrollo musical, tener la oportunidad de ver “en carne propia” y tocar al lado de músicos extraordinarios como el Ayatolah Santiago no es nada más ni nada menos que una escuela. Se aprende a frasear mejor, a respirar correctamente, a quedarse callado cuando el director está dando instrucciones, a reconocer los pasajes difíciles y memorizarlos, de manera que la concentración esté en mirar al director y no en el atril y el papel. En fin, una escuela de cómo hacer música profesionalmente.

Esa experiencia era todavía más intensa cuando se tocaba en la procesión de Semana Santa. La mayoría de los músicos bravos que ha dado el pueblo de Salinas no fallaban a su cita con la procesión. Además del Ayatolah y Nelson Nieves, la banda tuvo el honor de tocar con el trombonista Ernesto “Tito Yogi” Díaz, con el trompetista José “Bodegón” Colón, y con el saxo tenor Osvaldo “Valdy” Castro. Siempre llegaban los tres hijos de míster Demetrio: Machito y Balbino en las trompetas, y Rafi en el saxofón alto. Igualmente, se daba cita José Orlando Morales, mejor conocido como Bebo y en mi opinión dueño de un oído musical envidiable; recuerdo también a Ricky Martínez tocando bombardino. Y nunca faltaron dos de los mejores músicos que le ha dado Salinas a Puerto Rico: los hermanos Antonio y Víctor Vázquez. Hoy en día algunos de estos nombres están retirados de la música; pero pongamos las cosas en perspectiva. Para el año 1984 y 1985, cuando éramos nosotros solo unos principiantes, escuchar a estos individuos soplar su instrumento con un dominio comparable al de un Roberto Alomar en la pelota, era una educación inmensa.

Por estos años se formó una orquesta de merengue en Salinas —Los Hijos del Caribe, llamada más tarde Junior Rosa y los Hijos del Caribe— de la cual varios estudiantes de la banda escolar formaron parte. Con esta orquesta tocaron Ángel Miguel Martínez (primero saxofón alto y luego piano), Miguel Ángel “Mike” Cruz (trombón), José Arnaldo “Nano” Santiago (saxofón tenor), e Ismael Colón en el trombón. Humberto Godineaux fue también parte de la sección de trompetas de esta orquesta por un tiempo. Esta fue una orquesta integrada por varios músicos profesionales del área sur, lo que demuestra que los alumnos de Godi estaban desarrollándose extraordinariamente. Prueba adicional de esto es la participación de Carlos René Rivera, Ernesto Aponte, Ismael Colón, Yarisi Valero y Ángel Miguel Martínez en un proyecto de Banda Regional, escogido que se hizo de los mejores músicos de las bandas de la región Guayama-Guayanilla. Para estos mismos años participamos en un programa de verano auspiciado por la Administración de Derecho al Trabajo en donde nos pagaban por ensayar. Pasábamos todo el verano haciendo exactamente lo que hacíamos en la clase de banda durante el año escolar, con la única diferencia de que nos pagaban por ello.

La calidad de los músicos que produjo el programa de Godineaux puede asimismo medirse de otra manera. Para varios de nosotros la música jugó un papel crucial al seguir nuestra educación superior. José Arnaldo “Nano” Santiago estudió en la UPR-Bayamón y obtuvo exención de matrícula como miembro de la banda de esa universidad. La exención de matrícula es, en práctica, el equivalente a recibir una beca para subvencionar los estudios, adquirida a cambio de un talento y/o contribución que el estudiante le hace a la entidad para la cual estudia. Nano no sólo se ganó un puesto en la banda de su universidad, sino que fungió como asistente del director, conduciendo en ocasiones los ensayos de esta. Sunder Shiwdin Jr. recibió el mismo privilegio en UPR-Río Piedras, en su caso por participar en la banda, coro y coro de conciertos de la universidad. En mi caso, con la educación obtenida en año y medio bajo la tutela de Godineaux, fui aceptado en la Escuela Libre de Música de San Juan, donde estudié mis años de escuela superior, me beneficié de la exención de matrícula en UPR-Río Piedras (participando en el coro y coro de conciertos), estudié varios años en el Conservatorio de Música de Puerto Rico, y fui aceptado con beca completa en University of the Arts en Filadelfia, en donde tuve la oportunidad de estudiar con el excepcional John Swana y graduarme con bachillerato en Jazz Performance. Más tarde aproveché nuevamente la exención de matrícula en UPR-Río Piedras, esta vez en el conjunto de Jazz, para obtener una maestría.

Hoy en día, cuando los exintegrantes de la banda evocamos en conversaciones los años con Godi, nos llegan a la mente gratos recuerdos y sucesos de aquellos años. Sunder, comentado sobre la generosidad de nuestro maestro, cuenta que Godi lo llevó en su carro hasta San Germán para que llenara la solicitud de la Escuela Superior Interamericana e incluso pagó de su propio bolsillo la cuota de admisión. Ernesto “Tito” Aponte recuerda que Godi siempre nos recalcaba que no llenásemos los cachetes de aire al soplar el instrumento. Tito recuerda ver a Godi en televisión con una orquesta y soplar la trompeta con los cachetes inflados y al confrontarlo con esto en el próximo ensayo, Godi le replicó: “deja que te toque a ti tocar lo que yo estaba tocando, que se te van a salir hasta los peos.” Y yo recuerdo algo que no vine a entender hasta muchos años después. En un ensayo de seccionales (recuerdo que éramos las trompetas, los trombones y la tuba) Godineaux me regañó porque yo estaba fallando notas que ya dominaba. Según su parecer, yo estaba tocando mal a propósito. Reconozco que cuando él detuvo el ensayo yo me estaba riendo de que a uno de mis compañeros no le saliera una nota particular. Y me quedé callado ante su regaño porque no entendía a lo que se refería. Al rato detuvo el ensayo para pedirme disculpas, pues, se dio cuenta de que no era yo, sino quien se sentaba a mi lado, el que estaba fallando notas regularmente. Ahí se hubiese quedado el asunto, pero Godi apareció en mi casa por la noche y le dijo a papi que él me había regañado fuerte ese día, que luego se dio cuenta de que yo no merecía el regaño, pero que yo tenía que entender que, el tocar un poco mejor que algunos compañeros acarreaba una responsabilidad que él todavía no veía que yo estuviese dispuesto a asumir. Fue a la vez una lección de música y una lección de vida.

Al irme a estudiar la superior en la Libre de Música me desconecté un poco de Salinas. Me enteré por particulares que el Departamento de Instrucción Pública (ahora se llama de otra manera, pero así era que lo conocíamos en esa época) eliminó los fondos asignados a la banda escolar y esta se disolvió. No tengo la cronología exacta de cómo sucedieron las cosas que llevaron a esta decisión. Sería parte de lo que habría que investigar para contar la historia completa. Así como el papel que esto jugó en los años siguientes de la vida de Humberto Godineaux. No sería especulación infundada el decir que Godi nunca se recuperó del golpe de quedarse sin la banda; pero eso está por escribirse. Los que estuvimos con él durante los primeros años y los que siguieron con él durante los años de escuela superior, estoy seguro, le agradecemos inmensamente lo que aportó a nuestras vidas. Estos son los que recuerdo; a los que me falten aquí les pido mis disculpas:

Ada Miranda (clarinete)

Amarylis Matías (clarinete)

Ángel Miguel Martínez (saxofón, flauta)

Anthony O’Fray (tuba)

Antonio “Tonito” Torregrosa (saxofón)

B.J. Flores (percusión)

Benjamín Morales (bombardino)

Carlos “Ruby” Ferrer (trombón)

Carlos Amneris Rosario (percusión)

Carlos René Rivera (trompeta)

Caroline Soto (saxofón)

Cecilia Rivera (trompeta)

Denisse Sánchez (flauta)

Desializ Ortiz (clarinete)

Diana Santiago (saxofón)

Diane “Didi” Romero (clarinete)

Edalys Santiago (clarinete)

Eduardo “Gualo” Rivera (trombón)

Eimee Pabón (flauta, piccolo)

Eliezer Rosario (percusión)

Elisamuel Romero (percusión)

Elizabeth Vázquez (clarinete)

Enrique “Quique Junito” Rodríguez (saxofón)

Ernesto “Tito Kronton” Aponte (tuba, trombón)

Gerardo “Jerry” Suárez (trompeta)

Glorimar Colon (flauta)

José Guillermo “Guillo” López Santiago (tuba)

Guillermo Rivera (percusión)

Inés Joan Sánchez (saxofón)

Ismael Colón (trombón)

Ivania Zayas (trompeta)

Ivette Santiago Serrant (clarinete)

Jessica Bonilla (clarinete, saxofón)

Jessica Meléndez (trompeta)

José Arnaldo “Nano” Santiago (saxofón)

José Ramón Flores (percusión)

Keila Alomar (clarinete)

Lynette Veguilla (clarinete)

Manolo Ortiz (trompeta)

Mari Luz Moreno (saxofón)

Maribel Sánchez (saxofón)

Melisa Nieves Valdés (flauta)

Miguel Ángel “Mike” Cruz (trombón)

Neftalí Gastón (trompeta)

Rafael Rivera (trompa francesa)

Roberto Benvenutti (trombón)

Sunder Shiwdin Jr. (trombón)

Vivian Astrid Rodríguez(clarinete)

Viviana Sánchez (trompeta)

Yarisi Valero Ortiz (clarinete)

Willhem Echevarría Jr. (trompeta)

© Willhem Echevarría Jr.