—La paz sea con vosotros.

—Y con tu espíritu.

—¿Alguien tiene algo que decir?— dijo el cura al abrir el féretro en la capilla del cementerio.

Uno de sus hijos, aspirante a pastor, se acercó al cadáver y poniendo su mano sobre las entrelazadas de su padre comenzó su elegía cerrando los ojos.

—Las manos de mi padre pudieron ser un fusil; más fue rechazado en el ejército porque su dedo índice no entraba por el gatillo. No por eso fueron manos soberanas. Con ellas construyó la mayoría de los edificios de este pueblo. Como ven, están hechas de pico, pala, marrón y martillo. Mantuvo todos sus hijos de sol a sol, fue independiente y nunca se aferró a ningún partido político.

Luego de despegar sus manos y cerrar el ataúd el muerto abrió los ojos asombrado por una inusitada luz. Creó sobre los cañaverales su obra de cemento y cruzó sus brazos esperando el contrato de otro mundo. Recobró el tiempo verde de su infancia y nunca más existió junto al cañaveral.

©Edwin Ferrer