zafra2La tarde obscureció triste, llorando el cielo lágrimas negras. Cayeron las últimas pajas de caña quemada en el valle costero. La zafra existió para comenzar su tiempo muerto, lúgubre, sin esperanza. Un fantasma que persiguió a Flor hasta el sifón donde se sumergía. Allí dejó el machete, las tiras de las mangas, la de los pantalones y dejó su pava encima de sus zapatos de hule.

Ese mismo día le preguntó su mujer:

— ¿Flor, que haces?—

— Busco la forma de echar raíces en esta zanja para quedar sembrado para siempre en mis recuerdos—contestó.

— ¿Qué quieres decir con eso?— Preguntó otra vez.

— Con un machete en la mano logré conquistarte, cultivé el fruto de mi vida y endulcé mis entrañas con su melao. En un cañaveral encontré mi pasión, mis ilusiones y hoy mueren para siempre… —

— ¡Abran la compuertaaa!— Gritó el capataz.

En un momento de distracción, Flor se dejó arrastrar por la corriente. Entonces su esposa se desmayó, cayendo en cuenta que el picador añoró echar raíces en aquellos surcos de la difunta Central Aguirre.

© 07/10/2009  Edwin Ferrer

Foto: Trabajador de la caña, 1942, por Jack Delano.