Luis Enrique, de 45 años, recibió su carta de despido el 29 de mayo de 2009. Había servido 15 años en el Departamento de la Familia del gobierno. Él, que había sacado a tantas familias de la desesperación, ahora estaba en esa fatal encrucijada.
Cuando leyó la carta se le vino el mundo encima. El corazón le dio un vuelco y el cuerpo se le estremeció. Su cuerpo era como una castañuela en manos de una “bailaora” andaluza. Los ojos se le nublaron y de ellos brotaron copiosas lágrimas.
Los compañeros de oficina se solidarizaron con él, pero se balanceaban en la misma cuerda floja, esperando la temida carta.
Luis Enrique pensó que la carta era un error. Siempre fue un empleado ejemplar, galardonado con el máximo honor que se concede a los empleados públicos, el Premio Manuel A. Pérez.
Fue a la oficina del Secretario y éste, sin mostrar compasión alguna, le confirmó la noticia. Entonces se apoderó de él la rabia y tuvo que contenerse para no agredirlo y romper todo lo que encontrara a su paso. Maldijo al gobierno y al gobernador y a todos los empresarios que idearon el plan para conjurar el déficit presupuestario.
Estaba confundido. Tanto sacrificio para culminar en este desastre. Pensaba en la hipoteca, el colegio de sus tres hijos, el pago del carro, la compra de comestibles, los planes de estudios para sus hijos, el viaje prometido a Disney, tantas veces pospuesto por las prioridades que siempre aparecían. Su cabeza parecía una caldera lista para explotar.
Lo invadió el miedo y la angustia. Creía volverse loco. Se preguntaba cómo comunicar esta mala noticia a su esposa y a sus hijos.
Ese día deambuló como un autómata por las calles de San Juan, desesperado, como pidiendo auxilio. No sabía qué hacer.
Al llegar a su casa, más tarde de lo acostumbrado, se hundió en un silencio sepulcral.
Sara, su esposa, le preguntó por qué llegaba tan tarde. Él no contestó. Ella lo notó triste, fueras de sí, su rostro desencajado.
-¿Qué te pasa mi amor?, le dijo.
No encontraba palabras para comunicarle la terrible noticia y de nuevo lo invadió el llanto. Ella lo abrazó tiernamente y lo colmó de besos. Entonces, confortado por las caricias de su Sara alcanzó a decir con voz entrecortada:
-”Me suspendieron del trabajo, me llego la fatídica carta de despido”.
-¡Nooo!, exclamó Sara y prorrumpió en un llanto incontrolado.
Ambos se quedaron inmóviles, sin pronunciar palabras, comunicándose en silencio como lo hacen las almas que se aman verdaderamente. Esa noche ninguno de los dos concilió el sueño.
Al otro día, Sara, que era optimista por naturaleza, preparó un buen desayuno y llamó a Luis para que viniera a comer. Luis apenas probó el desayuno. Sus pensamientos estaban en el futuro de su familia.
Luego de unas palabras de ánimo Sara le dijo a Luis:
-“Tú eres un hombre preparado y trabajador. Vas a conseguir otro trabajo rápidamente. Así que hoy vamos a preparar un buen resumé y comenzarás la tarea de buscar trabajo.
Estimulado por su esposa y resumé en mano, Luis Enrique visitó fábricas, comercios, oficinas y bancos. En todos esos sitios lo recibieron muy cortésmente, pero nadie prometió reclutarlo.
Desanimado visitó establecimientos de comida rápida, garajes y supermercados con iguales resultados.
Habían pasado seis meses desde su despido. Su desesperación crecía día a día. Ya no aguantaba más. Apenas dormía. Estaba completamente decepcionado y deprimido. Sentía que no servía para nada.
Se refugió en el rincón más apartado de su casa y allí pasaba las horas en silencio e inmóvil. Se sentía como si estuviera fuera de este mundo, como si algo dentro de él le abandonara el cuerpo. Sara lo convenció de que saliera a despejarse la mente.
Se fue a la playa. Allí se sentó frente a una inmensa roca que estaba plantada justo al terminar la playa y comenzar el mar. Pasaba las horas admirando aquella enhiesta roca que le impedía ver el hermoso Mar Caribe.
Al cabo de unos días comenzó a dialogar con la roca.
-¿Cuánto tiempo llevas aquí?, preguntó Luis.
-Tres millones de años, contestó la roca. Antes estaba confinada en las profundidades de la tierra, pero emergí porque quería ver el mar, sentir el batir de sus olas, sentir el aire lleno de salitre y el candente sol tropical. Quería que las aves marinas se posaran sobre mí y que los juguetones niños escalaran mis alturas. Quería ver el rosicler de los amaneceres y el cielo tisú de los atardeceres borincanos.
-¿Y Que has visto?, interrogó Luis.
-Contemplé la llegada en frágiles canoas de los primeros habitantes de esta tierra. Las cruentas batallas entre tainos y caribes. La conquista española y la invasión yanqui. Vi el desarrollo de la noble casta jíbara y la corrupción de las costumbres. He visto las penas y las alegrías de los boricuas, sus luchas, sus aciertos y sus desatinos.
-Últimamente he visto la injusticia que se comete contra la clase trabajadora y la impotencia de éstos ante los que se supone que los protejan. He visto tu angustia, tu desesperación y tu impotencia.
Entonces la roca viendo la tristeza de Luis le preguntó,
-¿Y tú qué me dices?
En eso se acercó Sara y mirando a la distancia exclamó: -¡Qué verde está el mar! Viendo que Luis permanece silencioso y ofuscado le pregunta: -¿Qué haces?
-Admirando esta roca, contesto Luis
Sara, extrañada y muy preocupada dice, -¿Qué roca?
©Edelmiro J. Rodríguez Sosa, 9 de junio de 2009
Siempre se ha querido ocultar la verdad de lo que ocurrió en Puerto Rico entre julio de 1898 y noviembre de 1940. La realidad histórica retrata la inhumana opresión, explotación inmisericorde y expropiación económica de que fue víctima nuestro pueblo en esa época por parte de los grandes intereses corporativos americanos en el orden del azúcar, tabaco y el comercio de importaciones. Fuimos por todos esos años una ROCA pisoteada, aturdida, eñangotada, frustrada y sin esperanza.
Un hombre vio el verde del mar, señaló el camino inicial y la roca emergió del mar para atisbar su destino. El Pueblo se llenó de esperanza y entró en escena de forma protagónica. Que mucho hemos visto desde entonces. ! Un Pueblo enfermo en su cuerpo avanzó en la salud, un pueblo analfabeta creció en el conocimiento en el uso de la democracia y el ejercicio de sus derechos y así en todos los órdenes del progreso material. Esa ROCA-Pueblo fue actora, y por sobre todo, nunca ha querido dejar e ser quien es por encima de todos los valladares y vaivenes a que se le ha sometido. Sin embargo, tenemos que comprender la frustración, incomodidad, confusión y desesperanza y falta de norte de aquellos componentes de la roca que rayan en la locura de tiempo en tiempo y colocan en movimiento barreras que luego no le permiten ver en el horizonte la grandeza de la playa.
Luís Enrique, ¡despierta, ayuda a solidificar la Roca-Pueblo! El que deja de ser y favorece factores que contribuyen a debilitar la Roca-Pueblo a la larga es víctimas de esa propia hechura. ¿Que estas haciendo? Sara, y no es casualidad este nombre, encarna la reinserción del Pueblo con esperanzas renovadas en la búsqueda de su destino, sin consideraciones de tiempo. Ella ve la Playa y su verde positivo de esperanzas y confío que sacará a LUIS Enrique de su confusión, frustración y complejo de culpa. Porque movió la rueda en dirección equivocada y se pincho con ella.
Estas notas son ideas que me surgen para explicar los enigmas que se plantean. Excelente cuento Edelmiro.
Edelmiro, ojo atento a este descalabro social, pintas esta historia que por volverse cotidiana ya no asusta a nadie. La vida consumista a la que nos han acostumbrado, la patria financiera con sus regalos que pagamos carísimos y el desprecio del trabajo honrado porque ya hay más delincuentes que rectos de corazón es algo que nos duele a todo el planeta.
Tú pusite a Sara como sostén, el protagonista se ve llevado por la fe de ella y termina hablanco con una roca simbólica, que puede ser su propio inconciente, su locura o algo mágico. Tú dejas el final abierto. Quizás la roca sea la esperanza. Recuerdo frases bíblicas: Dios es la roca!. Gracias por ayudar a purgar esta rabia que sentimos ante la injusticia del mundo.
Cariños.
Gloria
Señalas una problemática social a tono con lo que estamos viviendo en nuestro país.
Buenísimo ese final que le da un giro misterioso pero que quizás sea una nota de esperanza.
María
Muy bueno. Me gustó el final. Luis tiene la suerte de tener a Sara por mujer. Buena y optimista, ella es la roca de salvación que desvanece las rocas del desespero. “Por lo menos eso es lo que Yo le deseo a todos los Luis Enrique del mundo”.