En el sector de Talas Viejas, de nuestro pueblo de Salinas, existieron dos estructuras conocidas como los “Pipotes de agua”, cuyo propósito era conservar este precioso líquido para abastecer a los residentes del sector urbano del municipio. Honestamente, desconozco si el agua almacenada se destinaba al consumo general, ya fuera para el aseo personal, o si para esa época ya existían los procedimientos adecuados para tratarla como agua potable para el consumo humano.

Lo que sí es un hecho es que muchos ancianos como yo, y otros no tan entrados en años pero que alcanzaron a vivir esa época, tuvimos la gran oportunidad de presenciar la grandiosidad que representaban esos Pipotes de agua, nombre con el que se les conocía a esos depósitos de agua elevados en nuestro pueblo. Para quienes crecieron cerca de ellos, no eran simplemente tanques elevados de metal, sino que formaban parte del paisaje cotidiano, de la niñez, de las conversaciones y de la identidad del pueblo. Muchos los usaban como punto de referencia para indicar dónde vivían, en el caso de los pescadores para orientar su navegación. Con el tiempo, estas estructuras llegaron a convertirse en símbolo de un pueblo y de una época.

Aunque reconozco no conocer bien su utilidad original con exactitud, mi atención hacia ellos se centraba en observar la competencia entre los muchachos que consistía en quién lograba lanzar una piedra más alto, hasta rozar los pipotes. Sobre este particular, los jóvenes del barrio y algunos del pueblo hacían apuestas para ver quién podía lanzar la piedra más alto contra ellos. Hasta donde recuerdo, allí estaba un muchacho, gran amigo mío, llamado Bin de la Cruz, quien era el campeón indiscutible de esa competencia de lanzar piedras. Bin tenía una fuerza extraordinaria en el brazo derecho, con la que siempre llevaba su piedra a lo más alto de la estructura, superando a los demás jóvenes que lo retaban.

Aunque vivía al otro extremo del sector de Talas Viejas —yo era del Barrio Obrero, luego conocido como La Ciudad Perdida de Salinas—, visitaba el sector de vez en cuando. Allí traté a varios amigos con los que actualmente aún seguimos caminando por ahí, “dando bandazos”. Siento un gran respeto por Josué Santiago y su hermano José Alberto, “el Comandante”; por Fernando Rodríguez, mejor conocido como Nandy —hoy en día mi santo compadre—, y por algunos otros cuyos nombres, lamentablemente, no logro recordar.

¡Qué bueno es recordar esos tiempos pasados y, con ello, ayudar a los más jóvenes a conocer la historia de nuestro pueblo!

©RQR, 2026

Fotografia: Informe del Comisionado del Interior. División de Obras Públicas Municipales c1927