
Gracias al Comité Plaza Monumento Pedro Albizu Campos de Salinas por invitarme a este encuentro. Les habla una mujer que ha dedicado buena parte de su vida a escribir novelas, relatos y algún ensayo. No soy estudiosa del nacionalismo puertorriqueño. Lo que voy a leer es una reflexión breve, que se apoya en parte de lo mucho que se ha escrito sobre el tema y alguna intuición propia.
Si algo demuestra la vitalidad de la figura de don Pedro Albizu Campos es que a más de medio siglo de su muerte persiste la curiosidad sobre su vida y pensamiento. No creo que ocurra lo mismo con otras figuras veneradas en su tiempo que, si acaso se mueven de sus pedestales, es para ser destrozadas, molidas a golpes. Eso no sucede con la figura de Albizu. Al presente, todo es tergiversable, pero somos conscientes de que no se ha perdido la batalla cultural, ese ir a las fuentes para entender el clima de una época. Esperemos que la trayectoria de don Pedro Albizu Campos, del movimiento que animó y de las personas que compartieron su fervor, sigan incitando la curiosidad de investigadores rigurosos.
Sus primeros años se fragmentan en espacios tan alejados entre sí, que parecen inverosímiles: su crianza en Tenerías, Machuelo Abajo, uno de los barrios pobres que rodeaban el casco de Ponce, ése sí habitado por familias pudientes; su descubrimiento como niño prodigio y el salto del joven de Tenerías al entorno clasista, intimidante, de la Universidad de Harvard en 1913.
Se conservan testimonios de Albizu Campos sobre Tenerías. Los registró la estudiosa Marisa Rosado en su biografía Las llamas de la aurora: acercamiento a una biografía de Pedro Albizu Campos (San Juan: s.n. 1992). Además de las Obras escogidas editadas por Benjamín Torres y varios documentos relacionados con la Universidad de Harvard, el libro de Marisa es fuente principal de estas reflexiones que comparto con ustedes:
En un discurso pronunciado en Ponce, en los años cuarenta, Albizu compartió una primera memoria: “Yo vengo de Tenerías, de Machuelo Abajo, de las aguas del Bucaná, allí me bañé cuando niño. Yo he cruzado ese río a nado en sus crecientes, siento en todo mi ser el recuerdo, imperecedero, de las impresiones de mi niñez.”[1]
En otra ocasión Albizu Campos retomó con afecto el hilo del barrio y la comunidad: “Recuerdo que en mi infancia todos los niños de Puerto Rico encontraban en cada mujer puertorriqueña una madre y en cada hombre puertorriqueño un padre. Yo recuerdo, siendo un zahorí, un ingobernable, que todo padre y toda madre en Tenerías me escondían en sus hogares y cuando iban a buscarme decían: “Pedrito no está aquí”.[2]
De aquel barrio de afrodescendientes hoy queda la amplia plaza monumental dedicada a Albizu Campos, la casita de doña Gladys Silva, una señora que se crió allí, un trozo alambrado de paisaje convertido en vertedero, donde florecen las plantas del secano y al fondo, el represado río Bucaná, protegido por las sombras de los árboles. Cuando nació don Pedro Tenerías era uno de varios asentamientos de trabajadores y trabajadoras descendientes de personas esclavizadas establecidos en la periferia del casco urbano, el Ponce del gran teatro y los palacetes de lujo. Sobre los conflictos y encuentros de esas clases se ha escrito mucho, en el campo de los estudios culturales. Los músicos notables, entre quienes sobresale la figura de Morel Campos, pintores, escenógrafos, intérpretes de los ritmos afrocaribeños de la bomba y la plena, segregados por prejuicios racistas, los obreros que construyeron la ciudad con su talento y esfuerzo. Ponce fue una de las ciudades más cosmopolitas del Caribe. Conjeturo que, en el sector de Tenerías, colindante con el legendario barrio de San Antón, se gestó una cultura de sobrevivientes entre el prejuicio racial y la explotación, superada a ratos, por los encuentros laborales, festivos y eróticos entre miembros de una clase pudiente y un pueblo de raíces caribeñas, tan antiguas o más que la cultura eurocéntrica del teatro, la prensa, los libros, los modelos arquitectónicos.
Algún brote nos queda del apego a ciertos lugares en la entrañable relación que todavía sienten quienes mantienen con vida a un país tanto o más asediado por fuerzas depredadoras que el archipiélago natal de Albizu Campos. A esa convicción o intuición o esperanza volveré luego. Por lo pronto pensemos en la niñez y juventud de un hombre que, a diferencia de otros personajes de la política local saltó de la provincia a uno de los centros intelectuales de Estados Unidos en un abrir y cerrar de ojos.
Albizu Campos fue ingresado en una de las universidades de más siniestro historial en los registros de la economía esclavista. Las autoridades de Harvard publicaron hace unos años una especie de confesión de su trayectoria cercana a la economía del tráfico esclavista, en alianza con la clase dominante de los mercaderes bostonianos. Entrado el siglo XX fue también uno de los centros validadores del desacreditado campo de estudios conocido como eugenesia, cuyo propósito explícito, la jerarquización de las llamadas razas humanas, orientó políticas genocidas. Tan extraño y excepcional parecería el caso del joven afrodescendiente de Tenerías en aquel ambiente de rancio abolengo bostoniano, que el gobernador de Puerto Rico solicitó que le mantuvieran al tanto de la trayectoria del muchacho.
Para interpretar hay que situar; es necesario entender los contextos. A inicios del siglo pasado, ante el arrollador despliegue expansionista de Estados Unidos en el plano de las intervenciones internacionales la institución universitaria de vocación conservadora fue ampliando su misión de observatorio. Los movimientos históricos no son lineales ni homogéneos Las universidades imperiales suelen germinar pequeños enclaves de corrientes alternas. Una de esas corrientes se alimentó de las fuerzas del progresismo de entre siglos, una convergencia de activismo social, feminismo y curiosidad cultural. En ciertas manifestaciones y durante décadas, esas corrientes del progresismo convivieron y en algunos casos, se desempeñaron como la expresión benevolente del afán imperialista. Atentas a la pobreza extrema, al control de la natalidad o a las exigencias del feminismo, se cruzaban sin oponerse frontalmente, con el imperialismo puro y duro. En respuesta al expansionismo continental de la llamada nación, la universidad abrió sus puertas a un puñado de estudiantes “de color”. ¿Cómo entender a los pueblos que, de pronto, inevitablemente, por destino manifiesto, nos pertenecen? En Harvard no podía ignorarse esa corriente ambiciosa de explorar, estudiar clasificar y sistematizar nuevos territorios, sin desconocer las transformaciones que ocurrían al interior de Estados Unidos: las luchas obreras y feministas, la vocación evangelizadora de grupos cristianos militantes, el nuevo lugar en el mundo de un país que no era ya una serie de territorios arrebatados a sus pobladores, sino una potencia continental. Un ejemplo de estas convergencias fue la fundación de clubes alternativos: El Harvard Men`s League for Women`s Suffrage, el Social Politics Club, el Diplomatic Club y el Cosmopolitan Club, entre otros A todo esto se multiplicaban las invasiones y ocupaciones de las fuerzas armadas estadounidenses en el Caribe y Centroamérica, y Rubén Darío en su “Oda a Roosevelt” se preguntaba si tantos millones de humanos hablaríamos inglés.
En ese contexto de renovaciones en la misión de la universidad, el joven prodigio de Puerto Rico, el muchacho de la comunidad solidaria de Tenerías se destacó y seleccionó, me parece como el sujeto idóneo, para observar los límites de un nuevo personaje histórico, semejante, pero no igual, a los jóvenes de los pueblos originarios e incluso algunos puertorriqueños que estudiaban en las llamadas escuelas indígenas. El prodigio fue reclutado por Harvard University.
En Harvard Albizu fue electo presidente del Cosmopolitan Club, que aspiraba a ser un grupo de estudiantes internacionales. Así se explicaba su misión, traduzco y cito de un reportaje en inglés:
“Con la elección de oficiales la noche pasada, el Club Cosmopolita inició su interesante y útil trayectoria. Llenará una necesidad sentida desde hace mucho tiempo. El extranjero promedio ha mostrado la tendencia a convertirse en un forastero en todo, salvo en el nombre, sin culpa propia y sin culpa de los demás estudiantes. El extranjero, con diferentes puntos de vista, no ha sido alentado a acercarse a sus compañeros estadounidenses, cuyas ideas e ideales no puede comprender del todo y quienes, de otra parte, están inmersos en sus propios intereses y han pasado por alto la presencia de aquellos que han llegado de tan lejos para unirse a las filas de los hombres de Harvard. En el Club Cosmopolita ahora hay un lugar común de encuentro, donde los miembros— dos tercios son extranjeros y un tercio estadounidenses—pueden, en beneficio mutuo, comunicarse entre sí. En Cornell, el Club Cosmopolita ha demostrado su utilidad y ha alcanzado la popularidad que merece. Esperamos y confiamos plenamente en que aquí, donde las posibilidades son tan grandes, el Club, aunque quizá no muy visible al público, crezca constantemente en utilidad, alcance y poderes.”(The Harvard Crimson, “The Cosmopolitan Club”, February 12, 1908).
Comentario al margen, por mera curiosidad: leyendo el calce de la conocida fotografìa del Cosmopolitan Club, donde figura un apuesto don Pedro en el lugar central, se nota que la mencionada proporción de dos tercios de extranjeros y un tercio de estadounidenses no coincide con los nombres anglosajones, alguno de reconocida familia bostoniana, ni con las pieles pálidas, de los miembros del club
Para sostenerse en un día a día de pobreza y discrimen no tenía Albizu más defensas, que su inteligencia, su carácter fuerte y la memoria de los peligros y protecciones que le ayudaran a sobrevivir en el barrio de su infancia. También, presumo, le abrieron la conciencia y el intelecto para entender aquella sociedad de “amos benévolos” y la situación de otras naciones y pueblos.
Cuando, a pocos años de recibir el diploma de Harvard, don Pedro emprendió el viaje latinoamericano, era dueño de una cultura amplia, universalista, con algún rasgo de la experiencia de los pueblos caribeños en Ponce y una firmeza de carácter impresionante, forjada en la experiencia dura de una niñez, a un tiempo rodeada de peligros y solidaridad. En otra ocasión habló de Tenerías como un lugar de formación casi silvestre: “Allí la tierra es muy prieta. Nosotros esperábamos que lloviera y nos metíamos un grupo de muchachos en una cuneta y otro grupo en la otra cuneta. Salíamos muy lindos, lindísimos, con las caras desfiguradas. Regresábamos a nuestras casas y nos daban la foetiza del siglo.”[i] Sobre sus años en Harvard, un reportero le preguntó cómo un hombre formado “bajo el amparo del sistema yanqui” sostenía una política tan antiamericana. Albizu no le contestó con una bella metáfora, como la de José Martí sobre las entrañas del monstruo, sino con una sentencia durísima: “Porque nadie conoce mejor el mal como el que lo ha vivido”.[ii] Quizás se refería al mal del poder piadoso que juega a la beneficencia, mientras los pueblos arden.
Conviene pensar en el arrojo y el sacrificio del viaje latinoamericano que se extendió de 1927 a 1930, cuando de un lado convergían la brutalidad de las guerras y ocupaciones militares de países caribeños por fuerzas estadounidenses y de otra parte se propagaba la corriente paliativa conocida como panamericanismo. En ese contexto inspirado en la vieja frase de Teddy Roosevelt, pisa sin hacer ruido, pero armado con un garrote, es decir, entre el plomo y la paloma de la paz, el plan del delegado del Partido Nacionalista no fue la mera presentación de credenciales. Donde pisaba, debatía, con una visión en ocasiones más amplia que la de sus anfitriones, al momento de calibrar la situación del país donde se encontrara y exponer la situación de su país. Así, en Santo Domingo, habló sobre la solidaridad con el pueblo haitiano, según recoge la prensa:
“La desocupación de Haití es una necesidad para todos los pueblos iberoamericanos, pues si ellos no ayudan a los haitianos liberalmente, espontáneamente y sin condiciones, el pueblo haitiano tendrá que buscar con nuestros enemigos el apoyo que no hemos sabido ofrecerle ni darle. Es un asunto de alta política ganarnos la simpatía de Haití, por medio de manifestaciones elocuentes y de sentimientos de amistad y de justicia que nosotros sentimos por ella.”[i] (1 de octubre de 1927). Además, denuncia que la central Romana pertenecía a la misma corporación que controlaba la Guánica en Puerto Rico, y el temor de que se fuera apoderando rápidamente de las tierras de la República.
Luego, en Cuba, en el Séptimo Congreso Internacional de la Prensa Latina, celebrado unos meses después del Congreso Panamericano presidido por el presidente de Estados Unidos, Calvin Coolidge en la misma capital, presentó una resolución que parece haber provocado todo un debate. Dos de sus propuestas, que no fueron aceptadas por el pleno, leen así:
El Séptimo Congreso de Prensa Latina protesta enérgicamente contra las intervenciones de Estados Unidos en los asuntos de las Naciones Latinoamericanas, e incita a las Naciones Latinas para que mantengan inalterable el principio de derecho internacional que impone a cada Estado el deber de no intervenir en los asuntos de otro Estado;
La Prensa Latina hace un llamamiento solemne a toda la prensa mundial y especialmente a la Prensa Latina para que mantenga una campaña sistemática contra la ocupación de la República de Haití y Nicaragua por fuerzas militares y navales de los Estados Unidos.
La Prensa Latina se hace solidaria de las legítimas aspiraciones de las Filipinas y Puerto Rico para constituirse en Repúblicas libres, soberanas e independientes, de acuerdo con el principio de la libre determinación de las nacionalidades y protesta contra la ocupación militar de estas naciones por fuerzas de Estados Unidos. [i]
Con el mismo aplomo, en México denunció, y cito. “que los textos en inglés usados en el Colegio Americano de aquella ciudad, donde estudiaban los hijos de las principales familias, contenían insultos y recriminaciones contra México”.[i] Es decir, en cada país Albizu encontraba espejos de la situación de prejuicios y controles que conoció desde su infancia, y que, en general, enfrentaba el pueblo de Puerto Rico. Puerto Rico, en lugar de tierra de entreguistas, se proyectaba como un núcleo central del experimento imperialista y ejemplo de resistencia. El viaje se orientó hacia la construcción de enlaces y alianzas. Pensemos en la huella que dejó en Cuba, de relaciones que años después se manifiestan en el apoyo de los estudiantes cubanos a la gran huelga de la bandera en la escuela superior central, según ha documentado el estudioso Rafael Rodrìguez Cruz. Para Jorge Mañach, intelectual cubano de renombre, Albizu fue “su padre espiritual”. Cuando Gabriela Mistral trató de visitarlo en el presidio de Atlanta y se lo negaron, declaró que le habían impedido ver “al primer puertorriqueño y, a lo mejor, al primer hispanoamericano.”
Hombre de barrio y de mundo, esa hechura se refleja no sólo en sus planteamientos éticos y políticos, sino que encuentra una respuesta sonora, como un toque musical que despierta a la vida y a las asociaciones. La base de combatientes del nacionalismo se ubica, me parece, en esa partitura de acordes y respuestas, en esa clave de quienes encontraron en el ámbito del Partido Nacionalista y su dirigente, algo muy de la entraña propia. Familias enteras se unieron a esa convocatoria que no les era ajena.
Lo acompañaron en su llamado a la insurrección, en el ataque al Congreso, en todos los actos que cumplieron con valor y sacrificio. Conviene ver esos conceptos éticos como reconocedores de un afecto que se lleva dentro, a veces sin saberlo.
Convienen las metáforas de la naturaleza: el río donde el niño aprende a nadar arriesgando la vida, que puede ser el Bucaná o el Grande de Loiza. Para Albizu´Campos, esas memorias de las vivencias a un tiempo peligrosas y entrañables de la infancia, fueron, probablemente, una fuente de inagotable empuje. En mayor o menor grado, en esta era desmaterializada, seguimos teniendo, a veces sin darnos cuenta, una relación vibrante con la tierra. Y con la tendencia humana a la fascinación que ejercen los relatos, las fábulas, las fiestas y las tragedias del entorno.
Cuando se pone en prenda la vida en sacrificio pensemos en esa entrega como un intercambio potencial. La razón de ser del sacrificio es una invitación a la respuesta. El sacrificio, del mínimo al mayor, espera una respuesta. En los rituales o en la vida cotidiana el sacrificio no es un acto cerrado, egocéntrico; sino más bien el llamado a una respuesta equiparable, ya sea simbólica, como el perdón de las deidades en tiempos antiguos, o el eco en otras conciencias dispuestas a reciprocar. Se diría que el mayor sacrificio es la entrega de la vida propia. Pero se me ocurre que la vida propia no puede separarse del apego y amor a un lugar, que a su vez evoque un junte de historias entrelazadas.
Pienso en las mujeres del nacionalismo, sobre todo aquellas de extracción campesina. Me limito a unas palabras sobre doña Leonides Díaz de Díaz dos de cuyos hijos, su marido y ella misma fueron a prisión tras octubre de 1950. Eran gente de una larga tradición espiritista campesina. Leonides nació con su siglo y dejó de asistir a la escuela cuando completó el tercer grado. En adelante sólo conoció, como si fuera poco, las labores domésticas y el mundo de los espíritus invocados, entre ellos una favorita de las mesas blancas, la muchacha llamada Juana de Arco, de origen campesino, como Leonides. Cuando el gobernador le otorgó un indulto, pues había sido sentenciada a cientos de años de prisión, doña Leonides no quiso aceptarlo. Presentó un recurso de habeas corpus bajo la ley yanqui, a su juicio imperante, pues no le otorgaba autoridad alguna a su equivalente, la llamada ley de la mordaza del gobierno colonial. Su recurso no progresó, porque no era concebible un habeas corpus ya que al presentarlo ya había sido excarcelada. Cuenta Olga Jiménez de Waggenheim[i] que sus carceleras la despidieron con cariño y que en prisión seguía invocando a los espíritus y ayudando en la cocina. Ni una onza de locura en aquella mujer cuya escuela de los sentidos y la razón fue la de las vidas silvestres de su barrio; la dura y fascinante escuela de tantas mujeres jíbaras, semejante a la infancia del muchacho que aprendió a nadar sin ahogarse en el río Bucaná. En todo caso, tuvo el valor de no aceptar la locura del Estado y de representar la justicia llevada a ultranza como un sacrificio, a fin de obtener una respuesta, un pago equiparable, o en lo mínimo, un entendimiento del propósito del sacrificio.
El enlace que une esas experiencias contrastantes bien podría estar en las entrañas de la tierra y en la antigua convivencia en los barrios y sectores del país. Pienso en la definición que hace la antropóloga Ivette Chiclana de esos lugares donde se aprende a ser gente. En palabras de Chiclana, publicadas en el libro sobre Albizu, Nervio y pulso del mundo: “Hablamos de un origen étnico como lazo que da estructura, que afirma vínculos, que exige reciprocidades, mismas que garantizan una red de apoyo y ofrecen un sustento desde dónde partir y al cual poder regresar. Elementos socioculturales que todavía quedan en el tintero de nuestras historias, pues no son tomados en cuenta por esa linealidad progresiva de la historia acumulativa y oficial. Esta es mi lectura de la nacionalidad, una estructura construida por la experiencia, por las palabras de los mayores, por lo que integro, me define y me diferencia de los demás…” [i]
Cuando todo en este país parece haber anticipado el rumbo del Planeta, todavía nos queda la defensa de lo que nos ha hecho gente. La defensa de la tierra y el mar coincide con nuevas formas teóricas de pensar los saberes humanos, que emergen no sólo aquí, sino en toda la Tierra: una fluidez comunicante entre especies; entre la humanidad y los objetos ecológicos que afectamos y nos afectan; las afinidades entre las sabidurías más antiguas y los nuevos saberes científicos, los cuidados y defensas de honda raíz feminista. Lo dijo Albizu: una mujer puede destruir a un imperio. Hoy esa mujer se reproduce en muchas mujeres, varones y humanes que tejen una consigna. Hace poco escuché una de sus variables. “Esencia no va: seremos la pesadilla de sus proponentes”. Es decir, añado y termino: seremos la pesadilla de quienes quieran destruir unas especies, unas formas naturales y centenarias de la belleza, una sensibilidad tierna, solidaria, la existencia de toda una nación y más: unos amores vitales necesarios para que no muera el Planeta: los lugares y las memorias que nos tocaron en suerte.
[1] Rosado, Marisa. Las llamas de la aurora: acercamiento a una biografía de Pedro Albizu Campos. San Juan: s.n., 1992, p. 15.
[1] Íbid.
[1] Íbid. p. 17.
[1] Albizu Campos, Pedro. Obras escogidas, vol. 1, p. 142.
[1]Íbid., p. 113.
[1] Íbid., pp.-125 a 126.
[1] Íbid.,p.
[1] Jiménez de Wagenheim, Olga. Heroínas puertorriqueñas rescatadas para la historia 1930-1960. San Juan: Ediciones Laberinto, 2023.
[1] Op. Cit. pp. 70-71.
cc Marta Aponte Alsina

Marta Aponte Alsina (Puerto Rico, 1945) es autora de novelas, libros de relatos y de cantidades de ensayos. En 2018 publicó PR 3 Aguirre, un libro que toca de cerca la historia de Salinas donde alterna la realidad con lo imaginativo. Su obra literaria y ensayística nutre la literatura y la critica puertorriqueña contemporánea .