Hoy me ha correspondido un privilegio que me conmueve profundamente: despedir, en nombre de sus hijos y de nuestra familia, a quien para muchos fue el licenciado Edelmiro J. Rodríguez Sosa, pero que para mí fue, sencillamente, mi cuñao… mi hermano mayor.
Y digo “privilegio” porque hablar de Edelmiro no es hablar solamente de su brillante trayectoria profesional. Es hablar de una vida que comenzó mucho antes de que yo pudiera comprender lo que significaba la palabra familia.
Edelmiro tenía muchas facetas.
Fue un hombre de formación extraordinaria: graduado con honores en Química de la Universidad de Puerto Rico, pionero en el campo de la tecnología de alimentos en nuestra isla; abogado civilista; profesor universitario en la Universidad de Puerto Rico hasta su jubilación en 1998; escritor, ensayista, columnista, autor de relatos, biografías, poesía y memorias.
Pero detrás de todos esos títulos había algo mucho más importante: el hombre.
- El hombre que ayudaba sin hacer ruido.
- El que podía tenderte la mano sin contárselo a nadie.
- El que hacía un favor y no necesitaba reconocimiento.
- El que estaba pendiente de su familia a viva voz, siempre presente y de manera constante.
Un hombre de fe, un verdadero cristiano que procuró vivir su vida de acuerdo a sus valores y con un amor inmenso a Dios y a su familia.
Conmigo ejerció muchas veces esa especie de paternidad que nunca le correspondió por título, pero que asumió por amor. Me cuidaba. Me aconsejaba. Y también me regañaba. Lo hacía con la sabiduría y el amor de ese hermano mayor que vela por una hermana menor, esa hija postiza testaruda que, además, no siempre seguía las reglas. No siempre le hice caso. Pero hay algo que Edelmiro sí hizo siempre: escucharme. Y eso también es una forma de amar.
Le encantaba el baile, la tertulia, la bohemia, el buen vino y las conversaciones largas. Sobre todo, le encantaba estar junto a su novia eterna, mi hermana Nora.
Comprendemos, con esa claridad dolorosa que a veces trae la pérdida, que uno nunca siente que tuvo suficiente tiempo con las personas que ama. Por eso me pregunté: ¿Debí tomar más fotos? Pero no. Lo que realmente debimos hacer era otra cosa: Debimos bailar más.
- Bailar más.
- Reír más.
- Quedarnos un poco más en las tertulias.
- Tomarnos otro café.
- Celebrar más los encuentros.
- Decir más veces “te quiero”.
Porque las fotografías guardan momentos, pero la vida se guarda en nosotros de otra manera: en las conversaciones, en las risas, en los consejos, en los regaños, en las canciones, en los abrazos y en todas esas pequeñas cosas que un día descubrimos que eran enormes.
Edelmiro, hoy quiero darte las gracias. Gracias por haberme recibido en tu vida cuando yo apenas comenzaba la mía. Gracias por haberme querido como a una hermana. Gracias por haber cuidado de mí. Gracias por tus consejos, incluso aquellos que no seguí. Gracias por tus regaños, porque también estaban hechos de amor. Gracias por escucharme. Gracias por haber compartido conmigo tantos años, tantas historias y tantos momentos. Y gracias por el baile.
Te despedimos con gratitud, con la alegría de haberte tenido, con el amor de quien sabe que algunas personas no se van del todo porque han dejado una parte de sí mismas viviendo dentro de nosotros.
Descansa en paz, Edelmiro.
Mi cuñao.
Mi hermano.
Ese hombre que, desde que yo nací se creyó mi papá.
Y a quien yo recordaré y agradeceré toda mi vida.
Gracias por el baile. Gracias por estar.
Y gracias por haber sido familia mucho antes de que yo pudiera comprender lo que eso significaba.
Marinín, hermana de Nora, la esposa de mi hermano Edelmiro, condensa en este hermoso mensaje una profunda idea sobre la existencia: la vida no se guarda en imágenes, sino en los momentos que compartimos.
Porque cuando parte alguien que queremos, quizás lo que más duele y, a la vez, lo que más nos enseña, es pensar que no faltaron fotografías, sino que faltaron bailes, cafés, risas, tertulias, tiempo y tantos “te quiero” que dejamos para después.
Es un recordatorio sencillo y hermoso de que la vida no se mide solamente por logros, sino también por los abrazos, las conversaciones y el tiempo que nos regalamos unos a otros. Que a quienes queremos debemos dedicarles más presente y menos promesas de futuro.
Al terminar la lectura, quedan ganas de llamar a alguien, de decir “te quiero”, de compartir, de estar juntos… y bailar más.