Caminaba descalzo tirando levemente hacia afuera el pie derecho a cada paso.  Al mismo tiempo, movía cadenciosamente su cabeza erguida en sentido contrario.   Se desplazaba siguiendo el compás de un sonido que sólo él escuchaba, como si fuera un galeote apasionado, condenado a mover su navío mundo adentro.

Era el esperado espectáculo de cada mañana en la calle principal del pueblo; el entretenimiento mañanero de los vecinos, los comerciantes, los clientes de la barbería de Don Tomás, los viandantes y uno que otro loco o trasnochado.

Dibujando una imperturbable sonrisa destacada por unos blancucinos dientes, hacía de la mañana una alabanza a la vida. Era como una especie de regadera de felicidad que celebraba la vida y la proclamaba como buena a los vecinos y transeúntes.  Cada movimiento estaba marcado por un apasionado deseo de vivir. Frenesí que demostraba en cada profunda olfateada que alternaba con bocanadas de satisfacción. En absoluto silencio público, rendía tributo a la existencia.

Mi madre, mis hermanos y yo nos asomábamos por la ventana que daba a la acera para recibir bien de cerca las bienandanzas que a su paso dejaba. Andrés Lloviznao, luciendo con total naturalidad una cara de alegría, era una especie de espejo que de forma mágica contagiaba de felicidad a cuantos en él se miraban.  Como un hábil escultor de facciones, moldeaba de dichas el rostro de las personas temprano en el día.

Una maravillosa especie de contaminación ambiental benéfica dejaba a su paso Andrés Lloviznao. Ver la cara de la gente mirarlo en su retirada y siguiéndolo en la lejanía, valía un millón. Tras su paso, una estela de alegría invadía el ánimo de la gente. Todavía resuenan en mis oídos las carcajadas, en particular las del Jorobao, nuestro barbero oficial de los raspacocos, riendo tal como una ametralladora: disparando intermitentemente a distintas velocidades sonidos como los de carbón estillando.

Creo que fue mi compadre Toño El Cabro (desconocido como Antonio Ortiz Torres) quien le endilgó el apelativo de Andrés Lloviznao.  Ello porque en los días lluviosos hacía el recorrido como si nada. Actuaba como un hombre planta en espera continua de la lluvia, para rendirle pleitesía y tributo de agradecimiento, y para mejor decir, llevaba siempre puesta una boina gris impermeable, que conservaba las gotas de lluvia de forma íntegra, a semejanza de como se presenta en las hojas y las flores.

Esa humanidad en movimiento es una imagen inolvidable digna de revivir. Andrés Lloviznao le hacía el día al pueblo.  Con su contagiosa felicidad dejaba una prole de Andresitos Lloviznaos. Nos quedábamos riendo el resto del día.

Tengo la idea de que su recorrido habitual era desde el Barrio Arenal hasta la Plaza del Mercado de Salinas, pasando por la acera frente a la casa de madera que mi madre heredó de mi abuelo y donde nació mi hermano menor. La Plaza del Mercado era pequeña, tomando en cuenta que la mitad del edificio lo ocupaba la Unidad de Salud Pública.

El retorno de Andrés Loviznao camino a su casa era algo verdaderamente imponente. Abrazaba en el lado de su corazón una envoltura de papel de estraza de la que perceptiblemente sobresalía el recao chincha y otras yerbas aromáticas criollas. Era poquito lo comprado en comparación con el tiempo que había estado en el mercado.

Supe después que la Plaza de Mercado era un centro de socialización, un punto de encuentro de vecinos, donde se compraba y también se discutían los asuntos diarios, los problemas del pueblo y de su gente, del país y del mundo conocido. Seguramente Andrés Lloviznao demoraba en regresar porque tomaba su tiempo para compartir y conversar con los placeros y parroquianos. Pero ciertamente nada de lo que allí pudo haber hablado y escuchado le causaba pesares, porque a su regreso, su sonrisa de alegría y la cara de felicidad eran doblemente reveladoras.

Ese segundo discurrir era el recordatorio a todos los que a su paso había antes tocado. De forma maravillosa, nos había transformado en Andrés Lloviznao a todos.

¿Dónde estás ahora, Andrés Lloviznao? ¿En qué lugar del alma de esta Patria estás? ¿Dónde te tienen secuestrado? ¿Por dónde andas que no te veo? No te veo en los moles, ni en las plazas, ni en calles ni en los trillos en vías de extinción.

Estoy seguro que surgirá un cirujano que va a sacarle de adentro al pueblo el espejo que es Andrés Lloviznao y exponerlo de frente a todos para ver de nuevo y para siempre, la cara de felicidad y alegría perpetua, esencia mística de nuestro real ser colectivo.

Andrés Lloviznao (poema)