En el 1954 y 1955 ya existía una organización en la Policía de Puerto Rico encaminada a tratar de combatir la delincuencia juvenil, la famosa Liga Atlética Policíaca. En Salinas la dirigía un policía muy dado a las bebidas espirituosas y en realidad, no había dado con la clave para bregar, como se dice, con la juventud.

En un momento dado, el gobierno quiso dar un impulso al asunto y se convocaron de la noche a la mañana unos Juegos Atléticos a nivel de Puerto Rico, entre equipo de la Liga Policíaca representativos de todos los pueblos. LIGA_ATLETICA_POLICIACADesafortunadamente para este policía, cuyo nombre me reservo, porque con el correr de los años nos hicimos buenos amigos y compañeros de juerga y digamos, porque le asignaron unos deberes pero no lo orientaron ni le dieron el equipo necesario.  Empezando, porque le notificaron el jueves anterior al sábado en que se llevarían a cabo, que tenía que presentarse con su equipo a las competencias que se efectuarían en el Parque Sixto Escobar. ¡Para qué fue eso! El hombre cayó en un estado de pánico, ya que no tenía a nadie. La Liga Atlética no existía ni en papeles y lo había citado el Superintendente, en comunicación directa, ignorando la cadena de mando.

Entonces, lo único que se le ocurrió fue ir a la Plaza de las Delicias de Salinas donde estábamos todos los limpiabotas, que supuso éramos los delincuentes, o al menos fuertes candidatos a delincuentes. Al acercarse al grupo, se nos enfrió la sangre a todos. Escondimos los cigarrillos en los jardines y los que estábamos fumando, nos tragamos el humo para jamás botarlo.  Algunos hasta se los tragaron prendíos y tó.  Pero cuál no fue nuestra sorpresa, al notar que venía como un corderito a organizar en ese momento la Liga Policíaca, con promesas y cantos de sirena, a cambio de que asistiéramos bajo su tutela a representar a Salinas en el propagandístico evento.

Tendríamos que estar listos para salir hacia San Juan a las 10:00 de la mañana del viernes, para participar en el desfile de inauguración, ante la alta jerarquía de la Policía. Se nos habló de que habría muchísima comida y golosinas, realmente paradisíaco. En la plaza, que era el punto, estábamos reunidos, entre limpiabotas y amigos, como algunos 8 jóvenes entre la edades de 14 a 16 años. Estaba, Efrin Ramos, Tito, que le decían el Negrito, Panón el Zapatero, estaba yo y otros que no me acuerdo. El asunto es que al decirnos el policía que lo único que teníamos que hacer era prepararnos para competir en distintos eventos, todos nos miramos, puesto que ninguno, a excepción de Efrin Ramos, tenía la más mínima idea de lo que era una competencia deportiva.

El policía dijo que no teníamos que preocuparnos, porque él lo tenía todo arreglado a la perfección. Lo que teníamos que decir en las casas para que nos dejaran ir, era que se trataba de una actividad de la Policía, que al participar se nos consideraba como si fuéramos miembros de la fuerza y que en caso de una metía de pata, gozaríamos de ciertos privilegios. Nadie tuvo problemas en la casa y se nos concedió la potestad de invitar a otros que quisieran competir, a presentarse como acordado, puntualmente a las 10:00 am.

Siguiendo la orientación del policía me di a la tarea de reforzar el equipo con otros muchos amigos míos del Caserío Francisco Modesto Cintrón.

Aquel viernes, tal como previsto o anticipable, pues a las promesas del policía cada cual añadió las que le dio la gana, apareció una jauría de muchachos, pero una sola guagua. El asunto empezó a cambiar. El policía, al ver que la membresía de la Liga Atlética creció súbitamente, se puso selectivo. Empezó a tasar a unos y otros. A mí me vio fuertecito y me dijo: tú vas a lanzar pesas. A los que vio flacos, los escogió para correr, los de brazos largos, jabalina, los más altos, lanzamiento de disco y así por el estilo. Mientras tanto, la guagua se iba llenando y la gritería de los que aún no eran seleccionados comenzó a crecer hasta la misma desesperación, al mismo tiempo que se podía atisbar lo que venía pa encima. El policía, en la puerta de la guagua, le gritaba a la multitud que se callara, que él no los había invitado. De ahí pasó a llamarlos partida de delincuentes y cuando la guagua ya despegaba, se le oyó gritar con voz gangosa de alcohólico pasmao, respondiendo a los improperios de los frustrados aspirantes a atletas:

— ¡La próxima vez se van a gritarle a su madre! —

Cuando se recompuso, comenzó a bregar con la realidad.

—Yo comprendo que ustedes no saben nada de deportes pero van a tener que actuar como si supieran para hacerme quedar bien. Aquí se van a medir con otros atletas muy competitivos que llevan meses y años practicando. Ustedes se van a portar como lo que son: gente de agallas de Salinas y recuerden, piensen en todo momento en mí, en hacerme quedar bien.—

La mente mía y de todos empezó a dudar de lo conveniente de la decisión, pero ya estábamos en plena Piquiña y no había marcha atrás. Pasamos la Lechonera el S-Cuatro de Julio Bonilla, lugar donde exhibían unos lechones asaos tostaditos. La gritería del grupo pareció como el rugido de un león enjaulado a punto de recibir toda su comida, antes de entrar al espectáculo. Luego, Las Tres T duplicó la cantidad de ácidos estomacales…longanizas guindando y pollos en exhibición. Después pasamos otros negocios de comida y cada vez el hambre arreciaba más. Llegamos a San Juan, al Parque Sixto Escobar, pero para sorpresa de todos y más aún del propio policía, no había nadie en el lugar y eran las doce y algo del mediodía. Alguien exclamó:

— ¡Tengo hambre!— ¡y yo también!– dijo otro. El policía ripostó:

— ¡Cállense, que ustedes comieron ayer!—

Luego de varias gestiones en el Hotel Normandie, el policía regresó para indicar que habían cambiado el lugar de la actividad para el Parque de la Universidad de Puerto Rico, pero que podíamos ir a un cierto lugar en la Avenida Fernández Juncos, donde estaban ofreciendo almuerzos.  Las caras de todos, de pálidas, pasaron a color verde esperanza.

Llegamos al sitio para recibir la infausta nueva de que lo que quedaba de comida era lo último que se estaba sirviendo y que si queríamos, ellos podían empezar a preparar de nuevo o en la alternativa, mandarían a buscar pan para prepara sándwiches de salchichas con cebolla. Eso sería lo más rápido. Se aceptó por todos y empezó la agónica espera. Finalmente, se consumó el homenaje a las tripas y se pisó con un bautismo de refrescos de botella. Sin tiempo para reposar, abordamos la guagua y partimos para la U. P.R.

Ya había comenzado el desfile. El policía exigía más rapidez a todos:

— ¡Muévanse, muévanse, muévanse!—

Alguien, preguntó por el uniforme que lucían los demás y que llevaban puestos. El Policía “C” que así era la primera letra de su apellido, se quedó como si le hubieran dado un golpe de gracia, pero no, no se dio por vencido. Salió corriendo y rápido se enteró que había un truck repartiendo pantaloncitos y camisetas de la Liga Atlética. Al poco rato apareció con tres paquetes repletos de uniformes, los cuales tiró a la guagua sin consideraciones numéricas de clase alguna.

— ¡Más prisa, más prisa, que ya tocaron los himnos!—

— ¡Muévanse, avancen, avancen!—

Dentro de la guagua era el acabóse. Todo el mundo a la vez quitándose la ropa y poniéndose el uniforme. Al fin, después de varios intercambios entre todos, más o menos todos quedamos en uniforme. Fuimos los últimos en desfilar y cuando pasamos frente a la tarima, nadie nos hizo caso. Se estaban moviendo rápidamente para el viejo San Juan, sede de la Y.M.C.A. donde seguiría la actividad protocolaria y donde pernoctaríamos a fin de descansar para las competencias del próximo día.

Salimos del parque de la U.P.R. hacia la guagua que había quedado estacionada detrás del Teatro, sitio muy cercano al parque y abordamos con la mayor rapidez que pudimos.  El Policía “C” le requería ahora más velocidad al chofer de la guagua.  Nos habíamos quedado muy rezagados.  Bueno, en realidad éramos los últimos en salir y con problemas.  Ahora resulta que tres de los atletas no encontraban la ropa que trajeron puesta y estaban como locos buscando debajo de los asientos y reclamando a voces a unos y a otros, primero en forma agresiva y luego en tono suplicante que le consiguieran su ropa. El Policía “C” calmó la situación diciendo que haría una investigación muy cuidadosa cuando llegáramos a la Y.M.C.A. y le prometió a los muchachos que allí el asunto se resolvería.

Pasamos volando bajito por la Avenida Ponce de León en dirección a San Juan, mirando con sorpresa todo ese mundo nuevo que en Salinas se conocía como “La Loza” y al mismo tiempo, cada cual que había encontrado su ropa se iba vistiendo dejándose puesto el uniforme, en previsión de una catástrofe mayor mas adelante. Cuando llegamos a la Y.M.C.A., no había estacionamiento cerca y tuvimos que movernos hasta más allá del Capitolio, a una distancia considerable. Claro, el Policía “C” pidió que lo dejaran frente al sitio de la estadía, ya que se proponía asegurarnos el mejor lugar. Nosotros tuvimos que caminar una distancia considerable.

Mientras tanto, pudimos llegar a la honesta conclusión de que tres de nuestros compañeros habían perdido irremediablemente la ropa que llevaron puesta y ya no hacía falta la investigación prometida. Tratamos de consolar a los muchachos pero el mejor que lo hizo fue el Policía quien olímpicamente los instó a tener calma, que esas cosas pasaban, pero que después de todo, ellos habían ido a una actividad deportiva y ¿qué mejor que estar en uniforme todo el tiempo?

Cuando ya todos estábamos en los predios del edificio de la Y.M.C.A. nos dimos cuenta de que estábamos en una zona de guerra y que los organizadores estaban desorganizados. El sitio era bueno, pero eran muchachos de todo Puerto Rico, recogidos improvisadamente mayormente en manadas, por lo que el sitio quedó totalmente congestionado de inmediato. No había habitaciones suficientes, mucho menos camas. Los baños no eran suficientes. Había pocos inodoros, todos muy requeridos, ya que muchos de los asistentes querían pasar por la noble experiencia de hacer un depósito en tan exótico aparato. En pocas horas estaban tapados y las aguas negras desbordadas corrían por los pasillos. Los que no cabíamos en las habitaciones nos enviaron a la cancha de baloncesto que está en el interior del segundo o tercer piso del edificio. Nos acostamos en el piso a esperar que llegaran los catres.

Mientras tanto, algunos se quejaban de la incomodidad. El Policía “C” por su parte, insistía que eso era lo mejor que podía pasar porque servía de training para la competencia.  Además, era también una buena experiencia para cuando nos tocara ir a la próxima guerra, ya que recién había terminado la de Corea.  Otros se quejaban de hambre, de frío, de calor, de sueño y para cada queja, el Policía “C” tenía una contestación fría y calculada consistentemente apoyada en una fe inquebrantable de que el grupo lo catapultaría a un ascenso en la uniformada.

Era una fe a 86 grados prueba. La esperada cena llegó en unos bolsos de papel de estraza que incluían un sándwich de jamón y queso sin mantequilla en pan especial, dos galletas “Cucas”, un “Container” de leche pequeño, una manzana y una pera. Hubo bolsas incompletas y hubo quienes por no meterse a guerrillar en la fila de distribución, prefirieron irse al baño a fumar para matar el hambre.

La desesperante espera por los catres terminó alrededor de las ocho de la noche y tardó hora y media más instalarlos a través de toda la cancha, en filas de entre cincuenta y ochenta catres por fila y fueron mucho más de ciento cincuenta filas. Nos ubicamos por grupos más o menos y entonces se distribuyeron unas almohadas de plumas a la mayoría, pero no fueron suficientes, lo que causó gran contrariedad y molestia.

A las diez apagaron la luz y todo el sitio quedó como boca de lobo.

Continuará…