Con collares, colorete y sus tacos después de una salsa bien bailada, sudó la vida y los zapatos le dolían. Ni se acordaba de sus males si de bailar se trata. Hoy es día libre de la diabetes, artritis y colesterol. La rodilla que ayer le molestaba hoy se mueve suavecita. Guavate: el lugar con la gente más feliz del mundo.
—¿A dónde vas? – pregunta el Lobo.- No te vayas a perder.—
—Voy a bajar a la quebrada para refrescarme un poco, la aglomeración de gente me asfixia.— contestó la Abuela.
Había llegado en motora el Lobo con su manada de amigos, regorditos y vestidos de negro, jacket, botas, guantes y casco. Muertos de calor pero protegidos con las de la ley.
Exhibiendo sus atuendos y accesorios, bien machos, la manada velaba de sus motoras más que de sus mujeres. Ellas se pintan el mahón en la silueta, no les cabe ni un suspiro entre nalga y tela.
Humental que se impregna en el sentido saliendo de las lechoneras, buffet de carnes, fiesta de grasa y sabores. Gente chocando unos con otros con cerveza y trago en mano. Artesanías de todas clases. Una mezcla de olores, colores, notas musicales y un gentío en movimiento, bailando por aquí, carcajadas por allá. Tropiezan los hombres con las damas, con sutileza le agarran la vergüenza y con un “perdón” se disculpa todo porque es Guavate. Aquí se viene a gozar y el viejo Jacinto saca a bailar a Monsita aquel merengue ripiao.
Detrás de la lechonera pasa un riachuelo, donde las parejitas se refugian del bullicio en los gazebos. En otros hay familias comiendo, niños corriendo y saltando de roca en roca. La Abuela se aleja. Poco a poco se va apagando la bachata y crece la música del agua al chocar en las piedras y de un tin-tun-tin se transforma en chas-chas-chas. Salpica el agua en sus pies y el frío corre su cuerpo. Sigue el chas-chas-chas y vuelve otro chas…
—¡Coquí! ¡Coquí! ¡Epa! ¡Que pierdo el ritmo! se escuchó una voz que venía de un jardín.—
—¿Quién es?—preguntó la Abuela.
—¡Coquí! Acércate a las bromelias.—
Al asomarse la Abuela exclama: — ¡Pero si es un coquí! Y tu color es dorado, pero si tu no eres de aquí. Es en la Sierra de Cayey donde conocí a tus ancestros.—
—Y quien va a quedarse allí si deforestaron el área, ya no hay jardines con bromelias, casi no hay vegetación, los pocos primos que quedaban, los pollos de la granja y las maquinas aplanando el terreno por poco nos acaban.—
— ¿Cómo llegaste aquí?—
—En el ruedo del pantalón de un gallero que para mi suerte salía directito de la finca para aquí. Hay que evolucionar mi amiga, los tiempos cambian. ¿Acaso Caperuza todavía te lleva frutas en la canastita?—
—Caperuza estudio enfermería. Trabaja en un hogar de ancianos y yo no cuido nietos los domingos. Dime, ¿cómo te acostumbraste?—
—Aquí encontré vegetación, jardines y la humedad del riachuelo…Lo que se me hizo difícil fue encontrar las bromelias. Como tú sabes ese es mi hogar. Caminé mucho hasta encontrar este lugar, con tan buena suerte que adentro me aguardaba la dulce sorpresa del amor. Allí estaba mi querida Coqui Doncella. Formamos un hogar, lo único es que ella pretende que yo cuide de los huevos que ella pone, como hacen los de su especie.—
—No entiendo, ambos son coquíes.—
—Si, pero hay mas de 15 diferentes especies. La hembra del Coquí Dorado lleva los huevos adentro hasta que completa su periodo. Los pare, nacen como una miniatura del coqui adulto. ¡En mi familia ningún macho empolló huevos!—
—¿Entonces?—
—He tenido que hacerlo porque si no nos quedamos sin la nueva especie.—
—A propósito, dicen que hace 20 años no cantas, por eso creen que has desaparecido.—
—¡Y quién va a cantar aquí! Al principio venían trovadores… ¡Ah! Ese cuatro de Maso Rivera sonaba como mi propio canto. Ahora me lo cambiaron por bachata, merengue y reggaetón.—
—Tu canto se supone que sea para atraer a tu hembra…—
—Cómo quieres que oiga con ese revolú de motoras acelerando. ¡Hasta el olfato perdió la pobre con tanto humo y monóxido de los carros. El otro día quedé atrapado en una lata de cerveza que tiraron por ahí y por más que canté pasé toda la noche sin que ella me encontrara.—
¡Brrruummm! ¡Brrrruuuuummm! Se escucha el ruido ensordecedor de las motoras.
—Me llaman, me voy con el Lobo. Esa es su motora.—dice la Abuela.
—Te llama tu hombre. ¡Qué lástima, mi canto es más dulce…! Tendré que seguir bailando con el tin-tun-tin y un día de estos en vez de coquí dorado me llamarán Golden Frog… ¿Qué nos pasa Puerto Rico?
—¡Adiós, Abuela ingrata que me cambias por ese pelú!—
© Marinin Torregrosa Sánchez
Marinin, me has dado un viaje al pasado de esos momentos lindos de mi Puerto Rico querido, los cuales vivi en mis tiempos de niña. Puedo sentir esa realidad de que nuestras costumbres y cultura de Boricua de pura cepa ya se estan esfumando, es una pena que duele. Gracias por poner en palabras escritas el sentimiento de muchos nosotros los que a pesar de todo continuamos amando nuestra cultura, costumbres y herencia Puertorriqueña. Dios te continue bendiciendo y dandote sabiduria para que continues escribiendo y alegrando nuestras vidas.
Gracias por su comentario. Cierto el tiempo cambia muchas costumbres y estilos de vida, pero hay recuerdos que atesoramos y aunque como dice usted “miel que ya no puede gustar”, siempre deja un aire de nostalgia, un deseo de regresar a nuestras raíces. Me halaga que mis humildes escritos sean de su agrado y recibo su abrazo como un premio. Un saludo caluroso (¡y mira que hace calor aca!),
Marinin
Qué bonito!!!!!!! Genial, Marinín, has mezclado un montón de sentimientos, el mundo desmadrado entre bochinche y aturdimiento, la naturaleza en sufrimiento por el desbande del hombre que lo corrompe todo, hasta una crítica al machismo se adivina en la conversación con el coquí. “He tenido que hacerlo”… Te confieso que algunos modismos regionales me son desconocidos, los superé con diccionario y me fue enriquecedor. Me gustó el relato, ¡cuántas cosas queridas son modificadas por el paso del tiempo y las costumbres! A todo se amaña uno, pero el corazón guarda mieles que ya no puede gustar.
Abrazos, amiga y aplausos, por supùesto.