Hoy hay fiesta en El Peligro[1]. Hoy las lágrimas de mangle[2] corren a raudales. Hoy hay plena[3] y baile hasta el amanecer. Hoy es Noche Buena. No hay árboles de navidad. Santa Claus está proscrito. Hoy las mujeres visten sus mejores galas. Hoy se peinan unas a otras. Hoy hay peligro en El Peligro.
Cirrode y Santander son los encargados de organizar el jolgorio. Ambos trabajan como regadores de las cañas y son amigos íntimos desde la infancia. Compañeros de juergas de bravatas y de juegos clandestinos.
De Borinquen vienen Juancho, Pedro y Andrés, Lucinda Mercedes y Lydia. De los Poleos Adrián, Peyo y Paco, Lola Daisy y Petra. De El Arenal Juan, Isabel, Lola, Balbina y Julia. Del cuartel de La Margarita Vicente, sin permiso de su esposa, Lalo, Marcelo y Pastor, Milagros, William y Susana. Del cuartel de La Carmen vienen Héctor, Ana María y diez parejas más. Hay muchos más invitados y un sin fin de colaos[4].
Sixto, entre trago y trago, está asando el lechón. Cayo fue a comprar pan pa’ ponerlo debajo. El latón de guineos está listo, los pasteles sancochaos. La preparación del arroz con gandules se lo repartieron entre las anfitrionas y el arroz con dulce lo traen los de Los Poleos.
Las lágrimas de mangle las preparó Sotero, el alambiquero de Los Poleos, que tiene fama de ser el mejor de la comarca. De ese pitorro beben el alcalde, el juez, el fiscal y los policías. Vienen a comprarlo hasta de Ponce y Guayama.
Sarita de veinte años, hija de Pancho, era la flor más codiciada de la fiesta. De piel morena, cuerpo de guitarra, ojos grandes y pelo negro que le llegaba a la espalda baja. Cirrode estaba locamente enamorado de ella y no desperdiciaba oportunidad para comunicárselo. Ella lo esquivaba.
La fiesta comenzó a las seis de la tarde. Se encendió con una sabrosa plena. El coro entonaba “Yo no voy a Salinas, yo no voy a Salinas por no pasar por el Arenal”. Le siguió “Cortaron a Elena, cortaron a Elena y se la llevaron pa’l hospital. Eso daba pena, ganas de llorar, cortaron a Elena y se la llevaron pa’l hospital.”
El pitorro comenzó a fluir como las aguas cristalinas del río Abey aledaño. La algarabía era ensordecedora. Los niños corrían de lado a lado, las parejas de enamorados buscaban el rincón más oscuro y el compay le guiñaba el ojo a la comay.
Entrada la noche, comenzaron las discusiones, garatas y peleas. La gente ya estaba enloquecida por el pitorro. Pedro y Juan se disputaban a Mercedita. Julia se fue con Juancho para la pieza de caña. Su marido se volvió loco buscándola. Ella apareció al rato con cara de lechuga fresca buscándolo para bailar.
Se formó una jugada de barajas y cuatro invitados salieron peleando. Se sacaron cuchillas, pero el agua no llegó a río por la pronta intervención de Cirrode y Santander.
Cirrode sacó a Sarita a bailar y ella rehusó. Más tarde la sacó Juan y ella accedió. Cirrode, enloquecido por los celos se acercó furioso a Sarita solicitándole explicaciones. Juan, que era un negro corpulento, intervino. Se invitaron a pelear al callejón. Pelearon a los puños y luego sacaron sus armas blancas. Al final de la bronca, Cirrode yacía sin vida en el piso. A Juan se lo llevaron ensangrentado pa’l hospital.
Santander y Sarita, que se amaban en secreto, partieron temprano en la mañana hacia Nueva York y se perdieron en la historia.
[1] Uno de los cuarteles en donde residían algunos de los trabajadores agrícolas de la caña de azúcar. Eran unos ranchones divididos longitudinalmente en dos por la mitad. A cada lado había alrededor de diez apartamentos de dos cuartos. Eran unas pocilgas con apenas ventilación. Las cocinas se improvisaban bajo techo en el exterior. Los baños y las letrinas eran comunales.
[2] Ron clandestino muy fuerte que también se le conoce como pitorro y cañita.
[3] Música y baile típico de Puerto Rico con grande influencia africana.
[4] Personas que se presentan a una fiesta aunque no han sido invitadas.
Esta fiesta en El Peligro trajo a mi memoria las muchas veces que vi pasar gente herida de la barriada Borinquen hacia el hospital que estaba a una cuadra de mi casa. Nací en la calle Barbosa, cerca de la pluma pública que colindaba con las escaleras del malecón que conducia a la barriada Borinquen, en la otra orrilla del Río.
Este barriada arrabalera era una de mucho movimiento y algarabía, especialmente los fines de semana cuando se oían las velloneras hasta altas horas de la madrugada y los gritos que se generaban en las trifulcas que solían ser parte del espectaculo casi a diario. Minutos despues el defile de heridos frente a casa. Por supuesto el arma preferible de la época era el arma blanca… y en especial las navajitas de un solo filo que las chicas de buena vida cargaban debajo de la lengua… Aún no me explico como podían acomodarlas y sacarlas para su defensa personal…
Recuerdo un incidente en donde un hombre mató a su esposa y con sus manos y ropa ensangrentadas se montó en el automovil recién comprado de mi hermano para que lo llevara al cuartel a entregarse.
Edelmiro, todo este jolgorio para olvidar la pena de la condición humana bajo yugo constante, se me presentó fotográficamente.
Detrás de la fiesta sensual y sexual había seres humanos insatisfechos, buscando el por qué de sus vidas. A veces el vino, el ron o cualquier bebida alcohólica, sacaba los tigres internos y todo terminaba en tragedia. También Argentina posee estos acontecimientos infelices, especialmente a comienzos del siglo XX cuando la inmigración se agolpaba en conventillos y la promiscuidad encendía los sentidos. Se bailaba tango y la proximidad de los cuerpos explotaba en traiciones , que muchas veces acababan en cuchilladas y muertes.
Muy buen relato.¡ Parece que no faltó nadie a esta reunión!
¡Ni la parca quedó afuera!
Felicitaciones.
Gloria