—¿Te fijaste quién llegó?— le dijo Julia a Magdalena dándole un sendo codazo.
—Ésa es la que llaman “abuela” porque ha comido más lobos que los que se puedan encontrar en los cuentos de niños.—
-Mujer, si serás…—
—¿Qué, no me crees? Pregúntale a Zoraida que le pidió dedos prestados a un pulpo porque no le daban los de ella para contarle los maridos a ésa.—
Se acomodó los espejuelos mientras miraba de arriba abajo a la que acababa de llegar. Blusa blanca de seda, pantalón ceñido negro, zapatos de tirillas, maquillaje impecable y a su paso perfumaba y coloreaba el ambiente con su risa y su vaivén.
—Mira cómo viste, se cree que es una nena. Tan mosquita muerta que era. ¿No te acuerdas en la escuela? Ni hablaba. Bueno, ¡qué va a hablar, si con los ojos lo dice todo! Mírala como le coquetea a Virgilio, pero ¿te vas a quedar como si ná? Esa fregá te lo va a quitar.—
-Solamente lo saludó…—
-¿Pero tu no conoces el lenguaje corporal, chica? ¡Si se le sobró cuando le dio la mano, le mondó el diente, se mordió la lengua mientras le guiñó el ojo y se remeneó toda caminando hacia él. A la verdad que tu eres bien pasmá! No hay que ver nada más en la manera en que viste.—
—Está bien elegante y guapa…—
—¡Ay mi‘ja las estiradas de cara que se habrá hecho, por eso es que usa las mangas
largas y el cuello hasta arriba, pero lo de coqueta por más que se tape…hummm! Mira ese color de pelo, y los labios. ¿A quién se le ocurre venir tan pintá a un velorio? Y esos zapatos…—
—Están bien lindos…—
—Son de puta. ¿No te acuerdas que en la casa de Isabel todas llevaban botas? Yo que tú agarras bien a Virgilio porque esa gavilana ya le puso el ojo. Seguro que le dio el numero de su teléfono y ya tienen que estar planeando donde verse. ¡Ja! A mí no se me escapa una.—
—Ni uno, por eso mataste a Rubén, lo despachaste con un ataque al corazón.—
-¿Cómo tú te atreves a decir eso? Tanto que yo amaba a ese hombre y como lo cuidé. Magdalena tú no sabes lo que dices, mide tus palabras mira que me has ofendido y todo por culpa de la Marunga esa desgraciada. Eso me pasa por querer abrirte los ojos…—
En eso se adelanta Marunga a darle el pésame a Julia.
—¡Ay Marunga! Gracias por venir, tú sabes como te queremos, gracias por acompañarme en este dolor tan grande. El amor de mi vida porque tú sabes que fue mi primer y único hombre. Yo no conocí otro hombre que no fuera Rubén. ¡Ay Dios Mío, por qué te lo llevaste! ¡Llévame a mí y no me dejes en este infierno!—
Magdalena abrió los ojos mientras el alma de Marunga se entregaba en sentimiento verdadero en un abrazo.
Julia a grito tendido y Rubén descansando en paz.
© Marinin Torregrosa Sánchez
Buenísimo, Marinín!. Esta historia de traiciones y chismes está muy bien lograda, con una escena que bien puede repetirse en cualquier lugar del planeta donde los amores y desamores se encuentren, en un absurdo total.
“Cosas veredes Sancho” decíale Don Quijote a su escudero…
Cariños
Gloria