Ya entrada la noche, con un trote lento y desigual Librado venía desde El Arenal montado en su caballo cuando al pasar por el río oyó el llanto de un bebé.
Temblando de miedo el ebrio jinete condujo su caballo hasta la desembocadura de un canal que atravesaba el pueblo.
El caballo se detuvo bruscamente y una muda quietud arropó a Librado al ver un gatito lamiendo un machete ensangrentado.
En la oscura noche las cosas se trastornaban y vio un par de ojos blancos que en la distancia le devolvía la mirada.
Una corriente de agua roja discurría por la vertiente, arrastrando las cabezas y extremidades de las cercenadas víctimas.
Aquella visión sepulcral perturbó su alma y salió de aquel lugar con un trote violento y no se detuvo hasta llegar al cuartel de la policía.
Ya eran las seis de la mañana cuando Librado volvió a la realidad y luego de un sorbo de café contó las crónicas de un crimen truculento y callejero. Minutos más tarde llegó Juan López a presentar la querella. Mancha y Daisy, dos vacas lecheras, estaban desaparecidas…
©Roberto López
Jaajjajaj,¡ buenísimo! En ebriedad la conciencia de este personaje lo encamina hacia la confesión de su crimen, no podía distinguir entre un ojo humano y el de una vaca. Feliz cuento, andanzas de beodo que nos dejan una sonrisa, supongo que Librado hsbrá sido disculpado, pero no quiero imaginarme la cara del dueño de las difuntas…
Aplausos,¡ Roberto!
Saludos.
Gloria
Me encanto! Me contagió el miedo de Librado.