Un día, mientras Ralín caminaba cerca del río, lo sorprendieron los aullidos de perritos que salían detrás de los escombros de las llameantes pilas de basura.
Uno de los perritos nació del vientre de una muñeca monga hecha de trapo, y jadeando, se acercó lentamente al niño, moviendo la colita.
Detrás de una cortina tóxica, entre moscas y humo de olor a cemento plástico, los labios de Orocón se despegaron en su boca diciendo:
—-Psss… —Llévatelo, parece un pastor alemán—
Orocón se consumió en la dañina nube verdosa, proveniente de la fábrica de botas de cuero ubicada camino a la playa.
Ralín estaba muy contento, pues nunca en su vida había tenido una mascota y menos de raza alemana. Aunque era pobre, no le gustaban los perros chingos.
Al salir del crematorio, atravesando las vías del ferrocarril y los callejones arropados por cañaverales, Ralín llegó al malecón. Cuando sus amiguitos lo vieron, se acercaron preguntándole si había encontrado en el basurero juguetes, botellas o cobre para vender. El respondió que no, pero estaba contento porque se encontró un perrito de raza.
Lo puso sobre el asfalto y empezó a azuzarlo para ver si reaccionaba. El canino, tembloroso y confundido, no respondió.
Coquito le preguntó a su amigo qué nombre le pondría al perrito. Ralín contestó que le llamaría Wolfgang por ser un pastor alemán. Papote, otro de sus amigos, se echó a reír. Desde la torre de un flamboyán le dijo:
—Ja, ja… ¿Por qué no le llamas Lázaro?, si cada vez que lo llamas se queda arranado en el piso y no se levanta ni para coger impulso.—
—Bueno, bueno está bien, lo llamaré Lázaro ya que se queda como un muerto esperando que lo resuciten.—
Cuando Ralín llegó a la casa con la famélica mascota, su madre se enfureció porque eran muy pobres y apenas podían mantener a su familia.
—Aquí yo no quiero perros. Sabes bien que la comida que me da el gobierno casi no alcanza para mantenerlos a todos ustedes.—
La hermanita de Ralín, entusiasmada con la mascota trató de defenderlo. Su madre le puso la mano en la boca.
—Cállese! Usted habla cuando las gallinas mean.—
Todo fue un alboroto en la resurrección de Lázaro.
Antes de llegar la tarde, Ralín, con voz dolorida y triste, comenzó a llamar a su perrito para devolverlo al inmundo lugar de adopción que existía; más allá del malecón…
—Lázaro, Lázaro levántate y anda.—
La madre del niño, a pesar de pecar de poco religiosa, se conmovió al escuchar el nombre con el que llamaba Ralín a su perrito.
—Bueno voy a dejar que te quedes con tu mascota. Pero te vas a la plaza a brillar zapatos para que puedas mantenerlo. —
Ralín se alegró mucho y con las primeras monedas que se ganó en la plaza jugando al hoyito y brillando zapatos se compró una botella de creolina. Entusiasmado se dirigió con su mascota al Río Niguas y le dio un buen baño, sacándoles las pulgas y las garrapatas.
Al pasar el tiempo Ralín se dio cuenta de que al perrito se le cayeron las orejas como a una mata de plátano. El hocico, las patitas y el rabo se le adelgazaron. Sus ojos se engrandecían. Hoy podría jurar que Lázaro resulto ser una sub-especie de chihuahua mezclado con galgo o un mini dingo australiano.
Un día, Ralín tomó el consejo de darle ají picante para que se pusiera bravo, pero el perrito se lamió debajo de la colita, empezó a dar vueltas en la tierra como loco y en vez de convertirse en lobo feroz se hacía cada vez más sumiso.
Era un perrito raro. Su único alimento era la jamonilla de la PRERA, y después de comerla se hermetizaba en una caja a dormir la siesta. Odiaba el color verde esperanza y su amo le tuvo que conseguir una vieja sábana de color rojo y azul.
Se hacía cada vez mas independiente; pero no peleaba. Tampoco ladraba. Sin embargo, cuando en el pueblo había caravanas políticas, se ponía contento y las seguía hasta la alcaldía moviendo la colita de lado a lado.
Cuando no merodeaba por la alcaldía, se iba a la plaza del mercado juntándose con dos o tres caninos que olvidaban sus penas bajo el candente techo rojizo del edificio. Algunos se guarnecían bajo la sombra de billetes de lotería o papeletas de jugar caballos.
Un día el gobierno decidió eliminar la PRERA y darle a la gente cupones para adquirir alimentos. Con la llegada de los cupones desaparecieron las latas de jamonilla. El perro ya realengo, agotado y viejo, acabó regresando al crematorio, donde apenas el único aliciente era el cemento plástico.
Una tarde de verano Ralín se daba un chapuzón en el sifón cercano a la Playa del Coco. Estando allí, escuchó el aullido de un perro agonizante que provenía de las matas de camándulas. Ralín salió del sifón y divisó a lo lejos del canal lo que parecía un bulto. Era Lázaro que comido por la sarna, la malnutrición y el abandono, deliraba.
Cuando Ralín se acerco a Lázaro el perro movió la colita como en las caravanas políticas. Trato de lamer sus piernas e irradiando emoción se quedo inmóvil. Su hocico estaba cubierto de pega.
Otra vez la voz de Orocón se escucho detrás de las camándulas diciendo:
—Lázaro levántate y anda.—
Lázaro se puso de pie y tambaleándose, desapareció entre los arbustos, dejando un olor a pega al traspasar el nubarrón toxico que salía de las pilas de basura que el fuego consumía lentamente.
© Edwin Ferrer 01/4/08
La foto utilizada en este relato es el primer premio a la mejor foto, de una convocatoria en homenaje a los perros callejeros, de Flickr . La foto se titula Oda a un perro muerto en vida, de Memo Vásquez.