Cuando el niño de los utrilones entró al salón, todo el mundo se echó a reír. Los deditos de Esteban sobresalían de la parte superior del calzado semejando las garras de un oso. Lo que no sabían los estudiantes era que él utilizaba aquellos zapatos de hule para llevar a su casa parte de la dieta. Todos los días iba al río Abey a pescar camarones y en una posa frente a Borinquen, se los quitaba, los sumergía en el agua y media hora más tarde pescaba cinco o seis crustáceos. Era una especie de trampa para asegurar la mestura del día.

Pasó el tiempo y el río se secó, dejando al niño sin la ilusión de aquel manjar rico en fósforo. Sólo el ruido de las maquinas excavadoras ensordecían toda la vecindad cuando extraían relleno para hacer urbanizaciones. Desde entonces, Esteban guardó sus utrilones e iba en chancletas a la escuela, esperando que el río volviera a crecer.

Hastiado del ruido de las máquinas, las risas y el polvorín, corrió hacia La Isidora y en una zanja arrojó sus utrilones.  Un capataz que andaba cabalgando cerca le preguntó por qué se deshizo de sus zapatos. El contestó que no le servían para nada. El hombre de cabello blanco le dijo que no se desanimara, que tuviera fe; y quedó pensativo.

anguilasMedia hora más tarde sacó del agua uno de sus utrilones y encontró dentro una anguila. Trató de pescarla y como era tan resbalosa no supo qué hacer. Pasó horas tratando de pescar aquel animal parecido a una culebra y casi dado por vencido, se echó tierra pulverizada en las manos y pudo capturarla. Cruzando el río cerca del malecón, la anguila se le resbaló de las manos y una máquina Caterpillar le pasó por encima triturándola en pedacitos. Esteban enfurecido, le tiró con los utrilones al maquinista y se fue corriendo rumbo a su casa, entristecido.

Veinte años más tarde hubo unos torrenciales aguaceros y el río comenzó a crecer de una manera tsunámica.  Toda la gente del pueblo de Salinas se aglomeró en el malecón a ver el gran espectáculo. Un hombre que estaba cerca de las escaleras al final de la calle Monserrate se acercó al río y dos perros satos que bogaban en el agua se acercaron a él con dos utrilones repletos de camarones. El ingeniero se puso contento, dio las gracias a los perros y puso sus utrilones en una caja de cristal en su oficina donde hacía campaña a favor del medio ambiente.

©Edwin Ferrer 11/10/2009

*Utrilones –zapatos hechos de hule vendidos por medio dólar en los años 1960 a estudiantes de bajos recursos económicos de Puerto Rico.